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XII. El diagrama postural (posiciones básicas desde una perspectiva dinámica)

 

49. Pararse de pie: notas sobre la posición natural
50. El diagrama postural: las matrices dinámicas y posturales
51. El modelo antero-posterior
52. El modelo circular
53. El modelo lateral
54. Para terminar

 

Ha sido una mirada desde dentro de la práctica del taichi lo que me ha llevado a pensar que lo que decía en el capítulo 30 desde el exteriorel ser humano: un animal imposible que se sostiene sobre dos piernas–, no es sino reflejo de una experiencia cotidiana en nuestra disciplina.

De esta reflexión ha surgido la constatación de la existencia de tres matrices posturales que no son sino la proyección, hacia las piernas y el suelo, de los tres planos fundamentales a través de los que ocupamos el espacio: el plano sagital, el frontal y el transversal (190). Estos planos se proyectan sobre el suelo en distintas posturas permitiendo modelos motrices específicos en cada uno de los casos (el sagital hacia los lados, el frontal hacia delante y hacia atrás, y el transversal en giros, siempre con respecto al plano horizontal). Estos modelos motrices permiten y potencian a su vez las distintas proyecciones que en los sistemas de lucha se traducen en ataques de las extremidades, o en gestos de absorción, neutralización o ruptura de los movimientos ajenos; esto es, en toda la gama de técnicas de ataque o defensa. Pero volvamos antes a nuestra extraña postura: de pie sobre nuestras dos piernas.

 

 

49. Pararse de pie: notas sobre la posición natural

Desde una perspectiva meramente arquitectónica, la forma más económica de pararse sobre nuestras dos piernas es aquella que permite un máximo de base de sustentación para nuestro peso y estructura. Con los pies paralelos, separados tanto como la anchura de nuestras caderas u hombros (dependiendo esto de la estructura más ancha abajo o arriba), la base de sustentación es máxima en la línea de la verticalidad de nuestras piernas y la proyección del centro de gravedad sobre el suelo (figura 1). Sin embargo, al tratarse de una base tan pequeña (comparada con la del gateo, cercana a la creada por cualquier cuadrúpedo), se trata de una postura que tiende más al movimiento que a la quietud, al movimiento natural de caminar o correr para desplazarse. Cuando, por distintas circunstancias, nos obligamos a pararnos quietos, ocurre que lo natural es no dejar de movernos, con lo que basta que impidamos estos movimientos y, definitivamente, tratemos de estar inmóviles, para que nuestra postura refleje nuestra capacidad de apoyo, el grado de caída, descenso, confianza y conexión con lo que representa la pesadez de nuestro cuerpo.

Pesadez que está perfectamente compensada por una estructura corporal que permite impulsarnos en el espacio y hacia arriba, convirtiendo nuestra zona más densa –la cabeza–, en la que podernos percibir como más sutil y etérea (191).

Ésta sería nuestra primera consideración cuando vamos a realizar un trabajo postural deliberado, como es nuestro caso: la antinaturalidad de una postura inmóvil. Y dentro de esta paradoja, la existencia de una forma natural para estar de pie. Si observamos las posturas que tendemos a adoptar, más o menos cercanas a ella, tenemos que reconocer otras tantas variaciones/desviaciones que no sólo conciernen a la arquitectura física sino también a la actitud desde la que ésta se crea, y a sus consecuencias de mayor o menor estabilidad física, reflejo de la forma en que hemos construido nuestra personal manera de ubicarnos de pie ante el espacio abierto, ante el mundo.

Tomando la imagen de las agujas de un reloj, nos paramos de pie y caminamos en ángulos que van desde “las dos menos diez” a “las doce horas” (figura 2). Habitualmente, el apoyo forma una unidad con la estructura de los pies (con tendencia a pies más planos o más cavos), la adecuación al eje vertical de tobillos y rodillas, y la inserción de piernas y pelvis, con su afección al conjunto de la arquitectura vertebral.

Basta hacer un recorrido desde la angulación más abierta (dos menos diez) a los pies paralelos, así como a una postura más forzada con los talones más alejados que las puntas de los dedos –el llamado “doble escudo” en nuestro entrenamiento–, para comprobar cómo cada una de ellas afecta a las articulaciones de las piernas, a nuestra sensación de estabilidad y gravidez, y a su potencial dinámico.

Como resumen simplificado, podemos asegurar que una postura abierta (dos menos diez), además de dotamos de una menor base de sustentación, tiende a crear un impulso ascendente que se bloquea con facilidad en rodillas y pelvis, distiende el bajo vientre y cierra el paso sacro-lumbar (lo que la tradición china ha denominado como mig-men, “puerta de la vida”), desplazando el centro de gravedad hacia atrás y hacia arriba, y estimulando la zona interna de las piernas y la zona genital. Por el contrario, la que aquí llamamos posición natural permite, además de una óptima base de sustentación, un buen alineamiento y uso de las articulaciones (tobillos y rodillas), así como la operatividad de la cadera (silla en su etimología), acercando el centro de gravedad a su ubicación natural, unos centímetros bajo el ombligo, estimulando de forma homogénea el abdomen sin reflejar tensiones lumbares ni diafragmáticas y otorgando la espléndida sensación postural humana: un equilibrio de solidez y ligereza que las tradiciones orientales han traducido como la expresión postural de la cualidad humana de convertirse en un nexo abierto “entre el Cielo y la Tierra”.

 

50. El diagrama: las matrices dinámicas y posturales

Un bebé, o un adulto echado en el suelo, adopta dos pautas básicas de movimiento: repta hacia delante (y hacia atrás) en un modelo antero-posterior o rueda y gira, siguiendo una pauta circular. Existe una tercera posibilidad (movernos lateralmente) no tan cómoda, que también consideraremos. Podemos decir que estas tres pautas, que se desarrollan con mayor facilidad cuanto mayor es la disponibilidad para el movimiento al adquirir la tercera dimensión y, finalmente, la verticalidad, son verdaderas matrices, expresión de los modelos que han regido el desarrollo embrionario y el sistema energético de los órganos vitales, y que terminan proyectándose en nuestra motricidad, el contacto con el espacio y con todo lo que encontramos en él.

Cuando observamos los modelos posturales estructurados en sistemas de entrenamiento corporal y, particularmente, los sistemas de lucha tomados de forma unitaria, vemos que trabajan de forma estricta sobre estas tres matrices fundamentales que no son sino la proyección en tres dimensiones de un diagrama que estableceríamos en el suelo como un reloj de una sola aguja (la que marca las horas), y dos puntos de apoyo: nuestras dos pies (ver figuras 3, 4 y 5). Uno de los pies se apoya sobre el eje de las agujas del reloj, mientras que el otro va recorriendo progresiva y completamente uno de los cuadrantes (los otros tres no serían más que reflejo especular de éste).

Cuando el reloj marca las 12 horas, nos situamos sobre una línea, en la posición más inestable que podemos adquirir: una posición parecida a la del funambulista sobre su cuerda: la postura de un practicante de esgrima que trata de ofrecer el mínimo blanco al florete de su adversario. Esta postura que, para resultar viable, es la proyección de los dos pies juntos en ángulo de 90º, establece un límite en el diagrama que estamos ideando (figura 3). En cuanto la aguja del reloj va desplazándose, marcando las 12 horas y algunos minutos, la postura de los pies y, por su efecto, del conjunto del cuerpo, varía, convirtiendo nuestro caminar en algo más estable que el del funambulista que se mueve en el límite mínimo de la estabilidad.

La variable de la figura 3 tiende a estabilizarse cambiando a una posición que permita el movimiento antero-posterior con mayor naturalidad (figura 4) o a romper el diagrama para describir movimientos circulares (por lo que esa postura –el espadachín, o el sapo–, será la base para el trabajo de técnicas circulares o la búsqueda de la estimulación propia de este modelo, como veremos más adelante).

Estas consideraciones se hacen evidentes desde la búsqueda natural de la estabilidad en las posiciones que estamos describiendo. La postura que corresponde a la figura 4 –el saltamontes–, es la proyección estática de nuestra pauta habitual de desplazamiento, el caminar natural, y en las “artes marciales” es la matriz desde la que surge la gran mayoría de las formas de desplazamiento. El avance antero-posterior de las formas de tai chi chuan, así como el de otros estilos, que desde la lógica marcial corresponden un lancero, más que a quien se enfrenta a una pelea con las manos desnudas, se entienden como el ejercicio de esta matriz: la fundamental desde una perspectiva de desplazamiento espacial (así como es fundamental si hacemos una lectura energética del mismo, como veremos).

Por último, si seguimos desplazando una pierna por el borde de la esfera llegaremos a la posición de las tres horas en la que colocaremos los dos pies en paralelo llegando a la tercera de las matrices dinámicas: la del soporte lateral (figura 5).

La llamada “energética tradicional” china reconoce la relación entre el funcionamiento de los órganos y su proyección en el exterior a través del sistema de canales –meridianos– sobre los que es posible actuar desde la musculatura, la dermis o la epidermis. Esta proyección que interconecta los órganos y atraviesa articulaciones y músculos, forma un todo unitario que se ve también afectado por la postura y el movimiento corporal. Del interior al exterior, y del exterior al interior, la llamada gran circulación(192), describe la forma en que activamos y distribuimos la energía que absorbemos, metabolizamos y compartimos en un único bucle que atraviesa desde la piel hasta el sistema nervioso todos nuestros sistemas orgánicos. Un sistema con sus múltiples aplicaciones prácticas que recoge profundas observaciones y vínculos de la realidad unitaria del cuerpo como campo energético, más allá de lo físico, igualmente vinculado a otras dimensiones “macrocósmicas”(193).

 

51. el modelo antero-posterior

Si detenemos nuestros pasos habituales dejando las dos plantas de los pies apoyadas en el suelo y realizando los ajustes posturales necesarios para acomodar las rodillas y la pelvis a la postura que surge, estaremos en el primero de los modelos posturales: la postura de avance y retroceso más habitual llamada del “saltamontes”, del “arco y la flecha”, etc. (figura 4). Como ya he mencionado, se trata más de una postura de lancero que la de un luchador sin armas, pero ocupa un lugar prominente en el entrenamiento de los sistemas de lucha, incluso en aquellos estilos que prescinden de las mismas, por su relación con el desplazamiento natural y la intuición sensitiva de que se trata de nuestra pauta de movimiento fundamental. Esta pauta es la regida por los llamados canales anteriores del modelo de circulación energética al que nos hemos referido (194).

Sensibilizar el avance y retroceso en esta postura es una de las primeras prácticas en el aprendizaje del taichi, como en muchos otros sistemas, pero puede llevar a una hipertrofia cuando no se entiende su verdadero sentido (es lo que ocurre al convertirla, por ejemplo, en una postura básica de combate o en el soporte de los ataques directos de puño, error que se suele pagar con una deformación de la misma postura, rompiendo su centrado adecuado en hiperlordosis o bloqueo por exceso de curvatura lumbar).

El juego que permite esta postura en los cambios de impulso de cada una de las piernas con las distintas cargas de peso subsiguientes, lleva a posiciones que liberan la pierna adelantada para usarla como arma de defensa o ataque, así como a las figuras más cortas y cerradas propias del la lucha sin armas, fundamentales en un entrenamiento enfocado al contacto marcial.

El conjunto de las técnicas de brazos y piernas (ataques antero-posteriores, más lineales y penetrantes) que surgen de este modelo de movimiento, lo completan y nos devuelven el efecto de la estimulación y vivencia que producen. Y aun con el peligro de simplificar cayendo en un esquematismo superficial, podemos asegurar que estamos estimulando todas las funciones orgánicas, energéticas y espaciales asociadas al modelo: desde las funciones orgánicas digestivas y respiratorias, a las cualidades psíquicas que le son propias. Funciones que, en la lectura del wu xing o cinco fases, se resumen en las cualidades de tierra y metal(195).

 

52. El modelo circular

Como hemos apuntado, es la dinámica que surge de la ruptura de equilibrio y la estabilización natural que no recurre al avance o al retroceso lineal, sino al giro o la rotación. Tendríamos que decir que éste es el modelo real; el que, en realidad, sigue todo en la naturaleza, ya que la línea recta es una abstracción o una percepción simplificada y distorsionada de lo que de hecho son continuos círculos y espirales. Probablemente por eso ha sido adoptado como principal, casi única pauta, en sistemas que ponen mayor acento en los aspectos rituales del movimiento (196).

Desde la postura del espadachín, la estabilidad natural se logra a través de un giro (contra el criterio de la esgrima europea, que hace avanzar y retroceder al practicante en una estrecha línea desde esta postura con el propósito de ofrecer el mínimo flanco al oponente), por lo que todas las técnicas circulares de brazos y piernas surgen casi espontáneamente desde esta posición. Resulta muy significativo que esta pauta de movimiento tiende, de forma natural, a una exploración espacial en el límite de la estabilidad sacando el máximo partido a los apoyos mínimos. Los círculos y espirales del aikido y, muy en particular, el desarrollo de un sistema como la capoeira afro-brasileña son una muestra de hasta dónde puede llevar este modelo en plasticidad y exploración espacial, antes de entrar en consideraciones marciales.

Todas las técnicas circulares de brazo y pierna, tanto en ataque como en absorción y defensa por tanto, y los niveles más profundos de todos los sistemas marciales internos se centran en este modelo (197). Y es que en los niveles más avanzados del trabajo corporal interno, la sutil ondulación y espiral que hemos descrito en el apartado anterior son el soporte dinámico de cualquier postura o movimiento. Pero antes de llegar a estos niveles, trabajamos también con esta pauta, tanto como con la antero-posterior ya que, nos conecta además con el grupo de funciones orgánicas que se construyen a partir del endodermo del embrión humano: los órganos que, en ese sentido, son más profundos y vitales (198), y los movimientos Fuego y Agua del wu xing.

 

55. El modelo lateral

La práctica insistente de la postura del jinete (figura 5) no se podría entender, sin una decisión de completar el trabajo dinámico y postural con la estimulación de los canales laterales que se asocian a funciones de distribución en la energética china (199). Las formas de taichi han conservado el desplazamiento lateral mientras movemos las manos como nubes como muestra de esta sensibilidad, a la vez que abrimos los brazos lateralmente con frecuencia antes de un ataque frontal, dentro asimismo de este modelo. Los ataques y defensas laterales entran aquí, así como el movimiento madera y todo lo asociado al mismo (200).

 

54. Para terminar

Lo que en otros tiempos y lugares permitió la creación, desarrollo y transmisión de disciplinas de lucha convertidas en algo más sutil y profundo que su mera utilidad guerrera, fue una especial sensibilidad en la vivencia del cuerpo y su contacto con el entorno humano y natural, en unos contextos definitivamente inasequibles para nosotros (aquellos cazadores y guerreros del paleolítico o las élites de monjes-guerreros de algunas civilizaciones neolíticas). Los linajes de maestros y sus escuelas pretendieron ser el crisol donde se destilaba lo mejor de cada estilo, y donde éste podía seguir evolucionando y ser trasmitido en buenas condiciones. Pero tales escuelas eran, asimismo, fruto y parte de aquellas circunstancias. Cuando sus maneras o estructuras se han trasplantado a otros lugares o contextos, han evolucionado o degenerado inevitablemente a merced de los mismos, provocando con frecuencia una particular sensación de frustración que no se asocia tanto a un error en las personas o los sistemas que cultivaban, sino a una falta de acierto en la lectura de los signos de sus tiempos.

En el pasado siglo XX, quizá como de alguna manera ocurrió en el XVI europeo, se ha escenificado repetidamente esta ceremonia de confusión y frustración, con el trasvase de muchas disciplinas orientales a Occidente, incluso cuando éstas habían sido reelaboradas en sus países de origen. Sin entrar ahora a analizar estas circunstancias como haremos en capítulos posteriores (201), el hecho es que muchos practicantes occidentales que han tenido la suficiente insistencia en buscar raíces profundas y modelos adecuados, se han encontrado con panoramas que poco tienen que ver con las pretensiones de fidelidad y consistencia que asociaban a “La Tradición”. Fragmentación, ocultación de elementos fundamentales o falta de traducción adecuada, cuando no sectarismo o mera explotación comercial, son moneda de pago habitual a acercamientos sinceros y largas búsquedas.

No pretendo con estas observaciones alimentar ninguna queja. Como tendremos ocasión de comentar con detalle, estos tiempos no son una excepción en la permanente necesidad de reelaboración, para que disciplinas como el tai chi chuan puedan ser útiles más allá de lo más superficial. Un intento de formulación adecuada del trabajo postural que estamos haciendo, forma parte de esta necesaria reformulación. De otra manera, cuando se pierde la protección que representaba la transmisión directa con la profundidad del trabajo que podía ofrecer, resulta casi imposible superar la fragmentación y la dispersión actuales, y la confusión o pérdida de los elementos fundamentales que implican las formas de transmisión generalizadas entre nosotros.

Perdidas las condiciones tradicionales de transmisión, las validaciones externas o formales son las únicas que tienden a imponerse (cuestiones de eficacia marcial o de expresión plástica, por ejemplo). De entre estas validaciones, el caso de la exploración de los recursos expresivos del movimiento ha mantenido a disciplinas como la danza como algo siempre contemporáneo. Ha podido evolucionar y adaptarse desde esa necesidad a un contexto actualizado desde orígenes igualmente remotos. Pero, en el caso de los sistemas de lucha, apenas ha quedado nada más que la marcialidad. Y, como veremos en el área 3, sacada ésta de su contexto o descartada por conflictiva, nos encontramos en una situación realmente complicada de gestionar.

Con todo, creo que aún nos queda la posibilidad de una visión que, desde la vivencia sensitiva, sin descartar ninguno de los elementos centrales que sostienen la práctica, aporte los elementos analíticos para recomponer cuadros útiles y suficientemente globales, adecuados para la práctica y la enseñanza. Sin este trabajo, el valioso aporte de estas disciplinas tiene el peligro de reducirse a mera arqueología.

 


NOTAS

(190) Aunque yo cambiaré estas denominaciones, las utilizo ahora porque son las usuales en los estudios anatómicos (ver Blandine Calais-Germain 1992, Anatomía para el movimiento, introducción al análisis de las técnicas corporales, Ed. Liebre de Marzo).

(191) De hecho, estar de pie plantado como un árbol (Zhan Zhuang gong) es la posición inmóvil fundamental –junto con la sentada propia de la meditación– en los ejercicios de concienciación, trasformación y trascendencia desarrollados por los sistemas de trabajo corporal de influencia china, a diferencia de los desarrollados en las culturas (se dice, por ejemplo, que la postura reina del hatha yoga hindú es sirshasana, una postura invertida, plantados sobre la cabeza, con la piernas hacia el cielo). Ver capítulo 92, pág. 296 ss.

(192) Ver capítulo 88, pág. 288.

(193) Más allá de la propiocepción (nuestra percepción de la postura a través de la información que recibimos constantemente del conjunto de ajustes dinámicos que realizamos), hablamos aquí de una relación entre postura, movimiento y fisiología orgánica Una relación que en Occidente ha sido adoptada por la kinesiología, que recoge y desarrolla a su manera la antigua observación oriental. La observación de estas relaciones resulta obvia para el practicante atento de tai chi chuan. (Volveremos sobre este modelo en el apartado XIX Las Tres Analogías, página 277 ss.).

(194) Los canales de los zang (funciones orgánicas más profundas y fundamentales) que traducimos como Pulmón y Bazo o Tai Yin ("Gran yin"), y sus fu/vísceras complementarios, Intestino grueso y Estómago, o Yang Ming ("Luz solar yang') rigen las funciones de intercambio y eliminación con el mundo exterior. El intercambio de alimentos y bebidas, del aire que respiramos y el de la piel que nos recubre, limita y pone en contacto con el exterior (el tacto y el olfato son lo sentidos fundamentales de nuestra estructuración biológica, regidos por el cerebro reptiliano).

(195) Estas cinco fases son las de Madera, Fuego, Metal y Agua, asociados en el ciclo anual a la primavera, el verano, el otoño y el invierno, con Tierra como referente de los momentos de cambio. El wu xing es todo un sistema de investigación analógica sobre la que se han cimentado algunos de los desarrollos tradicionales chinos, desde la cocina a las artes plásticas, la medicina o las artes de guerra. (Ver el capítulo 88 donde volveremos sobre este tema –pág. 288 ss.).

(196) Me estoy refiriendo en particular a un sistema tan hermoso como sutil como el Aikido diseñado por Ueshiba Morei en la primera mitad del siglo XX, y que ha tenido una gran extensión en Occidente tanto por su plasticidad como por la relación de su discurso con el budismo zen. Es más que probable que exista una relación en la adopción de este modelo y el hecho de que la esencia de las técnicas adoptadas por Morei provengan de la esgrima japonesa.

(197) Como veremos en el tema que sigue, la serpiente que repta es un movimiento de las formas de taichi que sólo puede ser entendida como la búsqueda deliberada de una estimulación y trabajo específicos de esta pauta (ver capítulo 60, pág. 176).

(198) Los zang que traducimos como Corazón y Riñón o Shao Yin ("yin menor”), y sus fu complementarios, Vejiga e Intestino Delgado o Tai Yang ("yang mayor"), que rigen funciones asociadas a la gestión de nuestro potencial vital heredado y a la integración psíquica de todas las funciones orgánicas.

(199) Los zang que traducimos como Hígado y Protector del Corazón o Jue Yin (“yin terminal"), y sus fu complementarios, Vesícula Biliar y Triple Calentador o Shao Yang ("yang menor"), que rigen funciones de contacto de los dos grupos anteriores, funciones de almacenamiento y distribución.

(200) Ver capítulo 58, pág. 175.

(201) En particular, en el área 6 del segundo volumen, cuando hablemos de Las promesas del tai chi chuan.

 

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