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XXV. Formas de contacto en el tai chi chuan
2. Indicaciones prácticas

 

112. Contacto de familiarización y entrada
113. Trabajo marcial previo y fa jin con contacto
114. Apoyar y hundir , las primeras indicaciones antes de incorporar los brazos a la respuesta
115. La incorporación de los brazos: la barrera, ceder y seguir
116. Empuje de manos, aplicaciones marciales y combate
117. Contacto como apoyo a la interiorización

 

Sobre el marco que hemos perfilado y su adaptación a las circunstancias y posibilidades de cada situación, disponemos de cuatro estilos de contacto que utilizamos en el desarrollo del entrenamiento:

  1. El contacto de familiarización y entrada.

  2. El contacto marcial de exteriorización (fa jin).

  3. Un entrenamiento técnico, que incluye los sistemas de tui shou, chi sao, las aplicaciones marciales y el combate, y que constituye el núcleo que caracteriza la especificidad del contacto marcial en tai chi chuan.

  4. Las formas de contacto como apoyo a la interiorización sutil o el qi gong.

     

 

112. Contacto de familiarización y entrada

Son las prácticas de contacto corporal que no tienen más función que la familiarización con el mismo, sin un componente marcial, aunque bien pueden entrar en el marco de la entrada como juego aeróbico, por ejemplo. Juegos en los que rodamos por un suelo blando con los ojos cerrados hasta encontrarnos con un compañero y seguir alguna pauta establecida de antemano; acompañar a alguien que lleva los ojos cerrados como lazarillos; utilizar elementos materiales disponibles como palos, cojines, pelotas, globos, para interactuar –todos los juegos de pelota podrían ser variaciones aplicables–; etc., etc.

Aquí podemos incluir diversos ejercicios de estiramiento realizados de dos en dos, tanto buscando el equilibrio de posiciones simétricas como la presión que uno realiza con su peso sobre otro.

Estas prácticas o juegos, en los que se incluyen distintas variantes de masaje, se usan sobre todo en la entrada, pero también pueden hacerse en otro momento de una sesión para conseguir determinada atmósfera de confianza o facilitar una transición.

 

113. Trabajo marcial previo y fa jin con contacto

A veces, tras haber practicado solos una técnica marcial realizada al aire, nos colocamos frente a un compañero a una distancia que no implique contacto físico, pero sí cercanía visual, y realizamos series de técnicas en las que uno responde a cierto estímulo del otro: la misma técnica realizada alternativamente, o respuestas lógicas a un estímulo (una defensa al nivel correspondiente a un ataque, etc.). Estas secuencias de estímulos y respuestas van desde lo más simple a lo más sofisticado (movimientos libres simulando un combate pero en el que no se llega al contacto físico, sólo la conciencia de los ángulos y la presencia o ausencia de una guardia eficaz o una posible entrada). Ejercicios que llevan a incorporar la presencia del otro y son un trabajo imprescindible para acercarnos a juegos o prácticas que nos acerquen al combate. (Llamamos previo a este entrenamiento porque todavía no implica un contacto físico directo).

Dentro de este apartado habría que incluir todo el entrenamiento que realizamos con objetos inertes que reciben nuestro impacto (sacos apoyados en el suelo, la pared, o colgados), incluidos aquellos portados por un compañero (manoplas, escudos). Ésta es una parte fundamental del trabajo para recibir la sensación de nuestro cuerpo cuando choca o empuja a un objeto con un peso y densidad que permiten desde un toque suave hasta la descarga de la máxima potencia por nuestra parte. Mientras tales técnicas realizadas al aire requieren un cierto entrenamiento para que se conviertan en fa jin (exteriorización con descarga), ante un saco nos permiten una sensación real de contacto que otorga a nuestro gesto una medida imposible cuando no existe tal: la calidad de nuestros apoyos, la sensación de los lugares del cuerpo donde se concentra la fuerza motriz, el ajuste de las articulaciones o la funcionalidad de la parte del cuerpo que entra en contacto con el objeto (sea puño, codo, hombro, rodilla o pie en sus diferentes formas, por mencionar las más usuales en estas modalidades de entrenamiento) (472).

Entre las experiencias que permite el trabajo con el saco está la de la sensación de potencia y dominio del movimiento y la agresión que se realiza. Esta vivencia, tan elemental como sorprendente cuando se inicia un entrenamiento, habla por sí misma de nuestra relación con el gesto agresivo: cuando al empujar o golpear una masa absorbente e inerte se quiebra nuestra postura o perdemos la fuerza no en el punto de contacto sino en cualquier otra parte del cuerpo, esto dice de una falta de conexión sobre la que tendremos que trabajar con prioridad. Lo mismo podemos decir cuando una acción así provoca una tensión, mejor o peor distribuida en nuestro cuerpo, pero desproporcionada a la fuerza dinámica que ejercemos en el contacto. En ese caso –que se reproduce de forma acrecentada cuando entramos en contacto con un compañero–, no tendremos confianza para sacar esa fuerza, incluso cuando no hay amenaza actual alguna en lo que tenemos delante –una masa inerte–. Esa fuerza que no se expresa queda en nuestro interior y, a diferencia de la sensación placentera de liberación que se produce cuando se descarga, nos produce una sensación de tensión y confusión que no llegamos a comprender. Así, el primer entendimiento de la diferencia entre lo que es “hacer fuerza” y liberarla, entre tensión contenida y expresión se produce sin necesidad de técnicas sofisticadas, y nos otorga la medida de nuestras posibilidades y prioridades en otros aspectos donde estas realidades de tensión o fragmentación son más sutiles o difíciles de captar.

 

114. Apoyar y hundir, las primeras indicaciones antes de incorporar los brazos a la respuesta

Basta observar la reacción automática de cualquier persona a la que alguien arremete, agarra o toca de forma indeseada o simplemente imprevista en la calle: susto, crispación, alerta, alejamiento. En tales circunstancias contacto físico y agresión en el peor de sus significados, son prácticamente sinónimos, y la respuesta, perfectamente comprensible.

Pero nos situamos ahora en el ámbito protegido de una sala de entrenamiento donde se nos propone empujarnos en el torso (hombros, distintas zonas de la espalda, el centro del pecho o el vientre) apoyando antes la mano sobre el cuerpo para que no se produzcan golpes. ¿Cómo recibimos dicha presión? Alrededor de esta situación comenzamos el entrenamiento de contacto en nuestras clases de tai chi chuan. Y tenemos buenas razones para ello. La primera, que se trata de un contacto cercano y muy fácilmente modulable. La segunda, que quien recibe la presión no tiene que utilizar los brazos para hacer algo con la misma.

Los brazos son las extremidades que hemos liberado con la bipedestación, los directamente conectados a nuestro plano emocional, los que gestionan la horizontalidad de nuestras relaciones y vínculos humanos. Es sabido que la especialización de las manos con su fina psicomotricidad les hace ocupar una parte de nuestra corteza cerebral mucho más amplia que la que ocupan los pies. Son, por estas mismas razones, los miembros fundamentales en un contacto agresivo (con ellos crearemos la primera barrera de defensa de toda la parte anterior de nuestro cuerpo, la más vulnerable y la que ofrecemos a la vista del otro)… por lo que comenzar a educar estos miembros en criterios opuestos al automatismo que hemos descrito (crispación, alejamiento…) resulta tan necesario como, con frecuencia, difícil y frustrante.

Que estilos de lucha tan conocidos como el boxeo inglés o el karate deportivo se reduzcan casi exclusivamente a un intercambio de puñetazos merece ser interpretado bajo estas coordenadas: ¿son esos golpes realmente eficaces para acabar y vencer en un combate? Obviamente no. Hay que ser capaz de dar un golpe muy certero para neutralizar a una persona. Si esa persona es un experto al mismo nivel del agresor y está en guardia, esto resulta prácticamente imposible. Dejando ahora de lado los elementos externos ligados al espectáculo que representan estas competiciones, o a su función desde la sicopatología que ya hemos señalado en otros lugares, nos queda una lectura de lo evidente: estos contrincantes parecen desplegar un solo mensaje cuya función no sería sino la de inhibir el acercamiento del otro: “es mejor que no te acerques porque te golpearé”. Ahí acaba el contacto marcial (473).

Pero volvamos a nuestra práctica: recibir una presión sobre el torso nos permite aplicar el primer principio del contacto marcial: apoyar, usar el contacto como un nuevo apoyo que incorporamos a nuestra estructura soportada sobre nuestros pies. Apoyar no es “colgarse” –pasar a depender del otro en nuestra estabilidad– sino incorporar los elementos que nos aporta a través de su contacto a nuestro sistema desde lo más elemental: la calidad de su peso, fuerza, relajación o tensión recibiéndolos con toda nuestra estructura sensitiva. Tras este apoyo que nos permitirá recibir, la segunda pauta –de hecho implícita en el mismo– es la de hundir.

“Hundir el qi en el tan tien” es quizá la consigna más conocida entre los practicantes de tai chi chuan. El tan tien es la zona donde gravita nuestro cuerpo, su centro de gravedad y el que debería dirigir y modular nuestra motricidad general. Le llamamos también “el primer círculo” que, con el cinturón abdominal, incluye las piernas y su apoyo en el suelo, por lo que implica el enraizamiento y la confianza implícitas en tierra. Hundir significa pues recibir el contacto del compañero con todo el cuerpo para detectar su calidad y la respuesta a dicha presión con la máxima adecuación posible al estímulo que recibimos. Una experiencia tan accesible como fácil de comprender abre las puertas de la comprensión de lo que significa hundir el qi de forma mucho más sencilla que todos los ejercicios de concentración, visualización o movimiento consciente realizados individualmente. Y produce la satisfacción de la versatilidad de nuestras respuestas a las variables que nos permiten los distintos tipos de contacto, sea éste en la espalda o de costado, en el pecho o en el vientre, proveniente de una u otra persona, etc.

 

115. La incorporación de los brazos: la barrera, ceder y seguir

La inmensa mayoría de los sistemas de entrenamiento estructurados de contacto marcial en el taichi han priorizado la distancia de brazo: aquella en la que las manos o muñecas entran en contacto como puerta de acceso a articulaciones de distancia más corta (codos, hombros) o a agarres que permitan luxaciones o proyecciones. Se trataría del siguiente paso en nuestro recorrido. Pero, ¿qué ocurre cuando incorporamos los brazos a la gestión de un contacto agresivo?

Los psicólogos que estudian la agresión tanto en animales como entre humanos, hablan de dos respuestas: huida y lucha. El mensaje de los que intercambian puñetazos o patadas impidiendo agarrarse y “resolver” la situación creada, se sitúa en la primera pauta, la de huida, pervertida como he comentado por el imperativo de la competición que ni permite que se realice la propia huida, ni que la lucha continúe hasta resolverse en otra distancia. Esto es, que uno de los contendientes resulte dominador y el otro dominado de forma natural.

Lógicamente, cualquier entrenamiento útil para la lucha trabaja en ese ámbito, y es lo que explica que las pretendidas “artes marciales internas” prioricen siempre esa situación y el aprovechamiento de sus posibilidades: la llamada distancia de brazo que incluye los golpes, agarres y proyecciones, tanto de dedos, manos y puños, hasta las técnicas de codos y hombros. Y todas las defensas que absorben, bloquean o inmovilizan estos ataques. Como decía, es la distancia más humana, la más ajustada al ámbito del contacto humano en la posición vertical. En ella se aplica y desarrolla nuestra destreza natural ligada a los brazos (una inteligencia del manejo de las herramientas, de la psicomotricidad fina…), la comunicación emocional y la horizontalidad primaria, corporal. Es el nivel de contacto físico que permite la entrada o salida en el espacio vital ajeno, y las dos respuestas que lo resuelven en caso de que tal entrada sea indeseadamente agresiva. ¿Cómo incorporamos los brazos pues al contacto marcial después tras lo explicado en el anterior capítulo sobre el torso?

El primer concepto que aquí se actualiza es el que se recoge como primera pauta en todas las explicaciones clásicas: peng (474).Entre todas las traducciones que se asignan a este concepto (proteger, parar, rechazar…), comenzamos a comprender peng con la experiencia de crear una barrera defensiva con los brazos. Esta barrera al principio es tan rígida como obvia: basta con que adelantemos los codos con los antebrazos en contacto y en la horizontal para que comprobemos su realidad. Esta posición en horizontal junto con su complementaria en vertical son las dos primeras formas de incorporar los brazos como barrera en nuestro trabajo.

Colocar de esta manera los brazos como protección “dura” ante el pecho nos permite percibir cómo el pecho puede estar relajado aunque los brazos estén recibiendo una fuerte presión, ya que ésta se transmite al cinturón abdominal y las piernas a través de la espalda. Para esto, los hombros han de estar bajos y algo adelantados –sin llegar a deformar la espalda–, con lo que comenzamos a trabajar con las dos articulaciones fundamentales de los brazos en su función principal: los hombros como acceso moldeable y siempre abierto hacia el tronco y la base, y los codos como articulación de fuerza y anclaje.

Una vez más, estas experiencias no nos remiten a sutiles sensaciones ni exigen altos grados de concentración o sofisticación. Para comenzar, basta con una colocación adecuada. Después, se trata de convertir esta colocación en algo dinámico y flexible transformando las posturas vertical/horizontal en algo más redondeado y ajustado a una guardia redonda semejante a la practicada en el zhan zhuang o la postura que practicamos inmóviles. Desde ahí pueden explorarse las técnicas de ceder sin perder el eje y la raíz de nuestra postura y seguir la presión y el contacto que ejercen sobre nosotros para hacer derivar esa fuerza en el sentido que resulte conveniente (neutralización, proyección, etc.). Cualquier sistema de entrenamiento trabaja las variables de movimiento centrífugo o centrípeto que se generan desde este punto, lo mismo sobre un eje vertical (cuando la fuerza se ejerce en un plano horizontal, particularmente a la altura del pecho), que sobre los planos horizontales (cuando la agresión se produce en forma descendente, ascendente o transversal a esos planos) (475).

 

116. Empuje de manos, aplicaciones marciales y combate

Dando todo esto por adecuado, cabe ahora entrar en algunas valoraciones alrededor de los sistemas de entrenamiento estructurados de los que cada escuela de tai chi chuan que se precie dispone de un modelo. Como he dicho, estos sistemas se suelen estructurar alrededor de la práctica del llamado tui shou o “empuje de manos”, y un conjunto de “aplicaciones marciales”, con frecuencia ligadas a una explicación del origen marcial de la forma coreográfica con la que se trabaje.

Ya hemos hablado de la función y sentido de las formas en capítulos anteriores. Aquí se trataría de comprender su relación con el contacto marcial o las llamadas “aplicaciones marciales” pero antes, sigamos con el entrenamiento en el contacto. Lo primero que habría que decir de tal entrenamiento es que debe estar dirigido a su aplicación en un enfrentamiento no pautado, en un “combate libre”. A estas alturas, espero que nadie me considere partidario de la competición deportiva –y menos aún, cuando ésta está asociada a un sistema de lucha–. No me refiero a eso sino justo a algo que sitúo en sus antípodas. La manera en la que se estructuran las competiciones “libres” de combates –incluso existen competiciones de tui shou, ¡cómo no!–, las convierten en esclavas de unas normas que casi siempre las transforman en parodias de un enfrentamiento real, y en cultivo de destrezas o trucos ajustados al reglamento que arbitrariamente las rige. Por otro lado, un combate “realmente libre” quedaría fuera de nuestra perspectiva de trabajo desde el momento en que descartamos el daño fruto de la agresión.

No hablo de ninguna de estas dos situaciones, sino del mantenimiento como referencia de una situación supuesta de enfrentamiento, contando con que las variables más profundas que serían movilizadas ante una verdadera amenaza para la vida no se van a activar (476). Hablo de una medida comprobable con franqueza del ajuste de una acción de absorción, neutralización, etc. de un ataque. Y esta comprobación ha de poder terminar realizándose en el marco de un intercambio respetuoso pero no pautado a unas reglas –a no ser las reglas de la evitación del daño del compañero, regla paradójica en su grado máximo en el terreno en el que nos estamos desenvolviendo–.

Un sistema de entrenamiento en el contacto marcial debe ser un facilitador de la investigación sensitiva de la gran variedad de situaciones de agresión que puedan producirse y de su resolución. No será un “sistema completo” si no considera el máximo de estas variables aplicadas a una situación no pautada.

Esto convierte el entrenamiento del contacto marcial en un trabajo de largo alcance y que muy pocos pueden o están dispuestos a realizar. Me atrevo a decir que hoy no es necesario ser un experto consumado en este tipo de situación para hacer un buen trabajo como practicante e, incluso, como profesor de taichi. Pero es fundamental que el marco de este ámbito resulte claro y no se preste a confusión.

Y podríamos calificar de estructural esta confusión cuando se asigna un papel central al tui shou –“empuje de manos”– en la práctica de contacto marcial en el entrenamiento del tai chi chuan. Y es que el tui shou surgió a partir de un amplio y profundo conocimiento del contacto marcial, como fruto de una larga experiencia acumulada en las técnicas de combate. Según éstas se iban haciendo más y más sutiles, los grandes expertos apenas necesitaban un pequeño contacto para recibir toda la información necesaria del contrincante y neutralizarlo. Esto que no tiene por qué ser una exageración, se presta sin embargo a toda suerte de fantasías y mistificaciones. Y su consecuencia más grave es la pretensión de recorrer un camino uniendo el punto inicial con el que fantaseamos que debe ser el final: un sueño de invulnerabilidad y poder deslumbrantes. ¿Para qué plantearse así pasos intermedios si “hemos decidido llegar directamente a esa meta”? Esta situación no se aleja demasiado a aquella que explicábamos al hablar de las formas (477), por lo que nos lleva a pensar que se trata de algo que no concierne a un solo aspecto del entrenamiento, sino a la manera en que todo él se ha ido concibiendo en los años de su divulgación. Personas con larga experiencia en el contacto marcial y dotes personales especiales, siguiendo la guía de grandes expertos, pueden llegar al virtuosismo en éste como en cualquier otro asunto humano. Pero la práctica de contacto marcial que ponemos a disposición de las miles de personas que no viven en circunstancias de lucha ni en ese tipo de pretensiones de poder e invulnerabilidad físicas, que son las que se acercan entre nosotros a la práctica del tai chi no tiene por qué estar mediatizada por estos modelos (478).

Algo semejante ocurre en las llamadas “aplicaciones marciales” (con frecuencia se refieren, como he dicho, al origen marcial de los gestos o movimientos de la forma que se practica). Una aplicación marcial es interesante de conocer y útil de practicar cuando surge del nivel real de destreza, conocimiento y grado de asimilación del practicante. Ésta es la regla de oro. En caso contrario, las llamadas “aplicaciones” no son sino coreografías a dos que dan cierta información, imposible de ser contrastada, sobre supuestos orígenes de movimientos marciales. Sobra decir que tales ejercicios a veces tienen como principal función la exhibición de quien las propone, mientras que no aportan nada a quien hace por repetirlas o aprenderlas. Una “aplicación” debería permitir la ruptura de una pauta rígida en la que se ha practicado una técnica determinada para ensayar la destreza de su aplicación con variables no completamente previsibles.

Un paso más allá nos coloca en los ejercicios donde las pautas no son más que “de situación”: se permiten la aplicación de ataques y defensas de brazos y piernas, los agarres, inmovilizaciones y proyecciones, el paso de las distancias más largas a las más cortas, la lucha en el suelo, etc. La utilidad de la creación de estas situaciones está siempre condicionada a una atmósfera determinada de un grupo en un momento dado. El instructor es entonces más que nunca un catalizador de variables imprevistas y debe ejercer como tal. Permitir y fomentar estas situaciones de juego libre es interesante como contrapunto del trabajo pautado, pero no debemos confundirlo con una idea de “lucha real” o de “combate libre”.

En niveles básicos, soy partidario de volver sin ningún reparo a un contacto sobre el torso, y de cada una de las articulaciones de los brazos para recordar siempre –y tratar de atajar– la distancia que separa la utilización de los brazos y la respuesta de todo el cuerpo unificado en su centro y sus apoyos. Y lo digo porque sobre este trabajo de base es más fácil que entendamos que nos vemos obligados a usar directamente la cintura y las posibilidades que nos otorgan los apoyos dinámicos de las piernas –con su propio juego de articulaciones con una mecánica específica en cada una–.

 

117. Contacto como apoyo a la interiorización

Una postura inmóvil se trabaja ante todo en soledad, pero puede ser apoyada por un contacto sutil que acreciente la sensibilidad en una zona del cuerpo (la mano de un compañero apoyada en un nivel de la espalda, en el pecho o el vientre puede servir como ejemplos). A menudo utilizamos estas formas de contacto para concienciar la postura desde lo más externo (solidez de rodillas, sacro, codos, etc.) a lo más sutil, como el suave apoyo al que he hecho referencia.

Bastaría con transformar la disposición del que da y recibe esta forma de apoyo para derivar en sistemas de contacto con un enfoque terapéutico que con frecuencia se desarrollaron y siguen evolucionando muy cerca de las prácticas que hemos comentado (479).

 


NOTAS

(472) No es necesario insistir que todo aprendizaje humano se produce a raíz de un contacto, y que es este contacto el que le otorga todas sus connotaciones físicas o emocionales.

(473) En este estricto ámbito, el marco de la competición resulta perverso pues confunde y convierte en absurdo este mensaje por la obligación de los contrincantes a permanecer emitiéndolo inútil pero insistentemente mientras suene la campana o uno consiga noquear a su contrario. Es el tema que vuelvo a tratar en el excurso 3, Por qué el ring te hace enloquecer (pág. 383 ss.).

(474) Me refiero a los ocho patrones: peng, lu, ji, an, etc. y en los que se ha intentado condensar los conceptos fundamentales del tai chi chuan como “arte marcial” (en realidad éstos no serían sino los 8 primeros modelos o jing de entre listas que se extienden mucho más). Ver el capítulo 56, pág. 174.

(475) Comprender el lugar y la función de cada articulación de los brazos ha conducido al diseño de diversos ejercicios para la sensibilización de hombros, codos y muñecas/manos sobre los que deberíamos volver sin reparo, pues sus cualidades y limitaciones van más allá de la mera mecánica o destreza corporal.

(476) Entre las infinitas secuencias y escenas de ficción cinematográfica donde se representa un “combate a muerte” recuerdo haber visto sólo una realmente convincente: la que se muestra en El expreso de medianoche, la película de Alan Parker 1978, cuando el protagonista se enfrenta al alcahuete de su celda en una pelea a muerte. El convincente realismo de esta escena proviene en su capacidad de reflejar lo que sería una respuesta instintiva, visceral, sin ningún tipo de cálculo de sus consecuencias, a muerte. Una respuesta así no es marcial, sino estrictamente animal, la de una presa ante el acoso de su depredador. Aquí se entiende que la marcialidad es una institución, con su entrenamiento, sus tácticas y estrategias, sus rituales humanos, nada más lejos de lo que resultaría un combate como al que nos referimos en el que uno puede asesinar con sus propias manos (este mismo tema es el tratado en el excurso 3, Por qué un ring te hace enloquecer (pág. 383 ss.).

(477) Ver capítulo 84, pág. 269 ss.

(478) Cuando de esta confusión se deduce que el trabajo marcial es para una minoría, mientras que la mayoría se acerca a la práctica buscando sus “beneficios terapéuticos”, erramos también en lo fundamental, ya que uno de los aspectos más profundos del potencial terapéutico del tai chi reside precisamente en que permite un trabajo con el contacto agresivo. Es por tanto extremadamente superficial la consideración de los “aspectos terapéuticos” separados de los “aspectos marciales”. Todo lo que se viene planteando en este texto se refiere a fundamentos aplicables para los practicantes de las sociedades postindustriales, no para los guerreros de sociedades feudales asiáticas de los pasados siglos.

(479) Los desarrollos del Shiatsu japonés en Occidente son un claro ejemplo de esto.

 

  tema XXV-1 excurso 3

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