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XXIII. La práctica marcial sin perspectivas de guerra

 

99. Agresión y carácter
100. La práctica marcial «después de la guerra»
101. Las propuestas del deporte marcial
102. Autodefensa policial y militar
103. Marcialidad e iniciación

 

Adiestrados en las fantasías heroicas, todos –y en particular otra vez los hombres–, nos sentimos llamados con frecuencia a apuntar a lo alto, lo irreversible, lo definitivo, sin saber apenas que sólo apuntamos a la muerte. En este sentido, debemos dar paso, palabra y poder a la mujer, a lo femenino, para volver a lo concreto, y aun en el duelo, aun cuando las piras funerarias todavía humeen, disponernos a preparar un caldo reparador o un reposo entre sábanas limpias, mientras la vida continúe…

Mientras continúe, nos disponemos a dar el salto de lo genérico –la guerra– a lo más particular –la agresión y la práctica marcial fuera de aquel contexto–.

 

99. Agresión y carácter

“¡Tarado! ¿Qué funciona mal en tu puta cabeza? ¿No te hacían caso tu papá y tu mamá cuando eras niño?”. Son las últimas palabras del oficial de marines de la película de Kubrick antes de caer asesinado por el soldado al que ha estado humillando hasta más allá de lo que su débil psiquismo podía soportar en los meses de instrucción. Un americano medio dispone de esta cultura psicológica, una cultura que, en este caso como en otros muchos, sirve sólo para ser utilizada como un elemento más de desprecio ante quien muestra debilidad.

“En los combates de boxeo de los recreos –que solían ser a primera lágrima y finalizaban cuando uno de los contendientes se daba por derrotado y empezaba a llorar– todos, salvo quizá el indomable Chessman, le evitaban. [Así describe Bernardo Atxaga a Azpeitixe,] un alumno de los marginados, un niño solitario... Además era raro, y entre sus particularidades la que más nos llamaba la atención y la que más nos dolía era su resistencia en la lucha, su absoluta incapacidad de llorar” (425).

Nadie acepta participar en una pelea donde puede sufrir algún daño si esto no le supone a su vez algún beneficio, si no le aporta alguna compensación. Como suele ocurrir en estos casos, el niño del relato no sólo conseguía entrar en contacto con los demás, sino que lo hacía logrando colocarse por encima de todos ellos, al ser capaz de reprimir la manifestación externa de su debilidad: el llanto.

El protagonista de la película The bóxer  (426), tras 14 años de cárcel sin poder combatir, comenta a su entrenador que recibir de nuevo los golpes en el ring alivia una carga que resultaba insoportable en el encierro. Creo que ésta es una experiencia que todo luchador podría corroborar: los golpes recibidos nos espolean a reaccionar, a canalizar nuestro impulso agresivo con cierta descarga en un marco socialmente aceptado, reconocido y reconocible, a diferencia de aquél que en otras circunstancias, nos llenaría de angustia o de culpa resultando devastador –no es difícil pensar en experiencias de crueldad física y psíquica vividas por la mayoría de nosotros en la infancia y que han quedado grabadas a fuego en nuestro psiquismo–.

El entrenamiento o la competición establecen un marco, un orden necesario –incluso si es arbitrario o cruel–, en el que la agresión es permitida, y la agresividad de alguna manera descargada. Y ese orden ha de estar basado en la competencia más simple, aquella que se reduce a un vencedor y un vencido (427). Es la función que, en otra dimensión, cumple para el soldado el campo de batalla.

No deberíamos olvidad que etimológicamente, agredir significa tanto dirigirse a alguien como atacarle. Y esto evoca la conciencia de un espacio propio donde algún otro puede penetrar. Este espacio propio es lo que hemos llamado “campo energético”, un lugar en el que antes de que exista contacto con la piel podemos sentimos invadidos por la presencia de otro. Necesitamos y buscamos este contacto, pero a la vez se trata de un espacio delicado y peligroso, un espacio donde la agresión –en su única acepción actual como algo que va a herir– puede producirse.

Ya hemos explicado que cada uno de nuestros campos energéticos ha ido constituyéndose –con-formándose– en un largo proceso de maduración desde un estado de total fusión con la madre a la relativa autonomía del adulto (428). Sabemos que este proceso de maduración es para el ser humano increíblemente largo comparado con el de los animales, y que en el mismo, nuestra dependencia es tanta como nuestra vulnerabilidad.

Un adulto conserva en su campo energético la memoria de este proceso de conformación, y esta memoria –fundamentalmente inconsciente– está marcada con las agresiones a las que fue sometido.

“Todo niño vive en el fondo de su propia casa psíquica, o de su propio castillo espiritual, y tiene derecho a la soberanía en el interior de esa casa. Cuando quiera que un adulto ignora la soberanía del niño y la invade, el niño no sólo siente rabia, sino también vergüenza. El niño infiere que, si no tiene soberanía, debe de ser una persona despreciable. Vergüenza es el nombre que damos a la concepción de que somos indignos e inadecuados como seres humanos” (429).

Creo que deberíamos detenernos en que se habla de invasión, no necesariamente de agresión, en el sentido que actualmente tiene esta palabra. Una invasión puede ser ejercida desde el intento de cuidado, desde la preocupación por el otro, desde el amor. De hecho, los padres la ejercen constante, inconsciente, inevitable y bienintencionadamente sobre sus hijos en la medida en que no han elaborado sus propias heridas en este ámbito, reproduciendo los patrones con los que su“traje”, su campo psíquico, ha sido cortado.

Lo que quizá más caracteriza nuestra relación con este espacio de intimidad es la ambivalencia: ansiamos entrar en contacto, pero cada vez puede quedar tocado algo que, alguien quizá olvidado, violentó, con las impresiones de rabia y vergüenza que aquello nos produjo. Es lo que hace a los humanos tener tantas y tan serias dificultades para el contacto, un contacto donde lo físico y lo psíquico resultan indisociables y donde, con mucha frecuencia, buscamos salidas que eluden el nivel del yo, de la diferencia, de lo individual, a través de “viajes”, relaciones o experiencias que nos permitan estados de fusión libres de conflictividad.

De niños estábamos obligados a reprimir nuestros impulsos agresivos en la medida en que nuestra supervivencia dependía de los que los provocaban –padres o adultos en general–. Pero pagamos su precio por ello, construimos un sistema defensivo para olvidar tales impresiones y tratar de eludir en adelante las situaciones que las provocaran. Este sistema defensivo ha sido técnicamente llamado “carácter”.

“El carácter consiste en una alteración crónica del yo a la que podríamos calificar de rigidez. Es la base de la cronicidad del modo de reacción característico de una persona. Su significado es la protección del yo contra peligros exteriores e interiores. Como mecanismo de protección que se ha hecho crónico puede denominársele con todo derecho una coraza. Esta coraza significa inevitablemente una disminución de la movilidad psíquica [y, obviamente, física] total... El grado de movilidad caracterológica, la capacidad de abrirse a una situación o de cerrarse ante ella, constituye la diferencia entre la estructura de carácter sana y la neurótica” (430).

Antes de continuar con nuestra reflexión en torno a las propuestas, el interés y las posibilidades de una práctica de contacto agresivo o marcial, quisiera recalcar esta relación indisociable entre los distintos ámbitos del ser humano que he tratado en capítulos anteriores (431). Las indicaciones de relajación, ajuste estructural o fluidez corporal resultarán siempre estériles si no las toman en consideración. Es por eso que la complejidad de los llamados “sistemas marciales internos” se expresa en términos tan simples como difíciles de comprender y aplicar. Y chocan con enormes dificultades de transmisión cuando no existe el contacto directo con una fuente que cuente, implícitamente, con una comprensión unitaria y actualizada del ser humano.

 

100. La práctica marcial después de la guerra

Digo “después de la guerra” porque éste es el punto paradójico, si no contradictorio, normalmente irresoluble, de toda práctica marcial. Sólo ha sido posible –su nacimiento, su profundidad, su sofisticada elaboración o su eficacia– en situaciones donde la vida dependía de las habilidades guerreras puestas a prueba cotidianamente. Pero nosotros, adoptando ya consciente y deliberadamente “el lugar que la mujer”, pretendemos sacar provecho, siquiera parcial, de sus sistemas y hallazgos, descartando su “fin natural”: la destrucción del otro, la danza de la muerte. Ésta es la extraña situación con la que se enfrentan todas las prácticas marciales en manos de personas que se plantean directa o indirectamente las cuestiones que venimos tratando en este texto (432).

Esta situación tiene su génesis histórica, y se inicia con la brecha tecnológica que se produjo en el momento en que se impone la eficacia de las “armas negras” –negras por la pólvora– a las “blancas” –las que surgieron del dominio de los metales y su forja–. Desde entonces, las prácticas de lucha ligadas a estas últimas comenzó a entrar en una definitiva decadencia, hasta convertirse en algo residual. Resulta fascinante la historia de la resistencia a este cambio, asunto que en países como Japón condicionó más de doscientos años de su historia hasta el siglo XIX, en la que las castas guerreras que adquirieron enorme poder consiguieron divinizar sus armas blancas y detener el tiempo prohibiendo la incorporación del resto (433). En Europa, este proceso duró también varios siglos en los que, a la vez que las nuevas armas se iban imponiendo en los campos de batalla, los cuchillos y los sables no dejaban de actuar, diezmando a las familias aristocráticas hasta que consiguió imponerse su prohibición desplazando la esgrima a su práctica deportiva a partir del siglo XIX (434).

Como tratar el tema de frente no resulta fácil, sobre todo para los que se encuentran implicados en alguna “práctica marcial pacífica” –gimnástica o espiritual, deportiva o ritual–, me dispongo a dar un rodeo y ensayar una “mirada inocente” sobre un documento de divulgación de calidad, difundido recientemente por varias cadenas de televisión europeas. Desde su propio título, El Arte del Combate (435), encierra la ambigüedad con la que el tema suele tratarse: ¿documento antropológico?, ¿tradiciones ancestrales?, ¿deportes de lucha?, ¿sistemas legalmente fronterizos en manos de expertos parapoliciales?, ¿prácticas esotéricas o místicas?... Los interrogantes podrían continuar, porque es entre ellos donde se mueven sus autores, reflejando eficazmente la situación actual de estas prácticas.

El reportaje es un viaje por algunos de los distintos sistemas marciales significativos actualmente practicados desde América a China y Japón, pasando por Europa o Israel. En él son entrevistados algunos de sus notables representantes, que muestran algo de su actividad y la explican con sus propias palabras. Las evocaciones a personajes o situaciones pasadas son mínimas, por lo que podemos asegurar que se trata de un documento contemporáneo, ajustado al lenguaje y las formas de encarar estas prácticas desde distintos enfoques en la actualidad. Veamos el catálogo: campeones olímpicos franceses de Judo (David Doullet) y Karate (Christophe Pinna), curtidos luchadores de ring como Benny Urquidez (repetido campeón mundial de Kick boxing) o los hermanos Gracie (Brazilian Jiu-Jitsu), expertos entrenadores de cuerpos de élite policial o militar como Richard Douleb (Krav Maga) o Mike Yong, outsaiders marciales que han hecho su propia síntesis como el Shootwrestling (Yorinaga Nakamura) o el Kung Fu San Soo (Dean Murray) y, por fin, maduros representantes japoneses o chinos de Kendo (M. Takiguchi, H. Sato, Mi. Narazaki) o tai chi chuan (Wang Bo). La lista no es completa, pero nos sirve para una primera clasificación en tres grupos:

1. La de aquellos que reivindican la nobleza del deporte marcial en variables olímpicas u otras.

2. La de quienes entienden las prácticas en su legitimación social estricta, en manos de los cuerpos especializados de la policía y el ejército, por lo que está de sobra cualquier consideración fuera de la eficacia ligada a los objetivos y funciones de tales cuerpos.

3. La de quienes, a veces con un pie en experiencias de guerra y enfrentamientos reales, han ritualizado la práctica llevándola a terrenos que pretenden ser “iniciáticos” o de desarrollo interior.

 

101. Las propuestas del deporte marcial

Siguiendo al guion de nuestro reportaje, éste comienza presentándonos la transición de las artes guerreras a los deportes marciales. Y elige al fundador de una escuela japonesa que dio origen al primer deporte marcial oriental asumido masivamente en Occidente y convertido en deporte olímpico: el Judo de Jigoro Kano.

No es casual que sean disciplinas japonesas las que se popularizan en la segunda mitad del siglo XX en Occidente. Las disciplinas marciales autóctonas habían perdido gran parte de su filo y su interés a lo largo de más de cuatrocientos años de decadencia. Aunque las escuelas de esgrima europea tuvieron mucho prestigio en los siglos XVII, XVIII y XIX, la prohibición del uso del sable terminó por imponerse, y su prestigio decayó definitivamente. Sin embargo, el Japón de los samuráis aún latía en muchas familias del inicio del siglo XX. Muchos japoneses continuaron reivindicando su apego a la tradición (una tradición de doscientos años que convertían en eterna), como defensa frente a “la degradación occidental”, y Oriente lucía para los occidentales con todos los elementos exóticos disponibles.

Pero, ¿qué ocurre realmente cuando Kano reivindica el Judo como una disciplina educativa, descartando el daño al contrincante? ¿Qué significa “destilar de la formación tradicional de los guerreros, unos valores físicos y morales útiles para la sociedad contemporánea, dejando de lado sus fines agresivos”? –el guionista del reportaje habla de “una muerte simbólica a la que ya nadie teme. El adversario no es alguien a aniquilar, sino un compañero”, etc. –. Significa que la cuestión se desvanece en cuanto la miramos un instante: ¿cómo convertir a la peor amenaza –la muerte– en algo inofensivo por propia decisión? ¿Qué ocurre cuando se descarta la presencia de lo Real en una actividad en la que dominaba explícitamente como verdadera amenaza de muerte? Ocurre que, inevitablemente, la cuestión altera radicalmente su naturaleza. El Judo –incluso si no se hubiera convertido en deporte– nada tiene que ver con un entrenamiento abocado a la guerra, desde el momento que la guerra ya no está ahí, y cuando está, no se gestiona ya por esos medios.

A partir de este punto –esto es, a partir del punto en que una realidad así no se reconoce explícitamente–, esas dos palabras que, por cierto, utilizan sólo los occidentales que aparecen en el reportaje –“arte” y “marcial”–, cada vez que se pronuncian juntas fomentan el malentendido. Un malentendido que permite colocar en un solo reportaje actividades que lo único que tienen en común es que hay quien las reivindica como tales. Pero lo hacen para darles una función bien diferente. Lo explicaré en cada caso, pero es fundamental entender esta cuestión: una asignación así –“arte marcial”– no define, ni delimita, ni clarifica, sino que difumina sus posibles límites, y sirve para ocultar lo que apenas puede ser dicho por sus practicantes sobre sí mismos. En este caso, la remota o cercana familiaridad de las prácticas con las disciplinas de aquellos guerreros, adornadas con sus confusas genealogías, ritos y mitos, sirve para otorgar una coartada polivalente, adaptable a cualquier uso.

Esto resulta particularmente notorio en este primer grupo –los judokas, karatekas, Urquidez o Gracie–. Basta con que observemos lo que cada pareja de competidores hace sobre el tapiz y lo cotejemos con sus propias explicaciones: en la cancha, están presentes las habilidades y los trucos propios de toda competición, de todo deporte. Unas habilidades a las que unos se adaptan mejor que otros –nuestros protagonistas excelentemente, pues son sus paladines–, y por las que unos ganan y otros pierden. Cuanto más estricta sea la reglamentación, más homogéneo es el perfil de los que participan en ella (basta ver que todos los karatekas campeones se parecen entre sí, así como todos los judokas, y los púgiles de boxeo o kick boxing, cada uno dentro de su peso reglamentado, de una franja de edad, etc.). El “tudo vale” del “ultimate fighting” promovido por los Gracie a punto estuvo de hacernos creer en la variedad… pero enseguida se impuso la realidad (en este caso de la televisión, el espectáculo inseparable de la práctica deportiva). ¿Y qué dice cada uno de sí mismo y de su práctica? Aquí hay claras diferencias, porque es aquí donde se da la verdadera lucha (una lucha de prestigio y legitimidad, de fama y potenciales clientes), y cada uno se apresura a diferenciarse de los demás en nombre de las palabras fetiche: “Arte Marcial”.

“El karate limita mucho la capacidad de expresión –explica el campeón Christophe Pinna–, pero yo nunca me he sentido limitado ni mermado [esto es, me adapto perfectamente a sus exigencias]. La eficacia significa ser el mejor siguiendo un reglamento. Si soy el mejor dentro de ese reglamento, significa que soy el más eficaz, porque he decidido ser el mejor karateka del mundo”.

Aún no ha utilizado las palabras. Lo hace para dar un aura de dignidad a esa limitación de la que habla –y que a él “no le limita” pues su objetivo es ser “el mejor karateka”–:

“Si uno se olvida que está practicando un “arte marcial”, podría ocasionar lesiones de gravedad… lo que hace de parapeto es “el espíritu de arte marcial” que hay detrás del karate”.

La cuestión queda clara: “arte marcial” es aquí una asignación que no puede ser discutida pues pone a salvo la viabilidad del conjunto del proyecto en el que el valor se llama “control”, y eso es lo que va a ser puntuado para determinar quién es el mejor. La misma eficacia no se refiere a nada que tenga que ver estrictamente con una pelea –los contrincantes son “virtuales” en este sentido, o simplemente deportistas–, sino a un control eficaz de determinadas técnicas permitidas. En este caso, podríamos decir que “arte marcial” es sinónimo de “contención eficaz del posible desbordamiento agresivo de unas normas dadas”.

Como es natural, en seguida vendrían los detractores de semejante restricción. En el reportaje se nos van presentando por orden, y ya el primero de ellos replica: ¡es justamente el control lo que desactiva el potencial del arte marcial”.

“En lo que respecta a las “artes marciales” –responde Benny Urquidez a los karatekas–, para mí, pegar de esa forma –con control, sin verdadero impacto– no es pegar, pues no implica ninguna amenaza”. Aquí está su palabra clave. Donde había “control” propone “amenaza”: “El control sólo ejercita la velocidad –nos dice. En el kick boxing hay contacto con amenaza. ¿Cómo reaccionas cuando te pegan?; ¿sientes miedo, sientes frustración? Esto nos conduce a otra dimensión del combate: el dolor y sus repercusiones físicas y mentales… Tengo que conseguir que mis alumnos se sientan amenazados para que experimenten con sus emociones y sepan cómo enfrentarse a ellas. La realidad de esta disciplina es la capacidad de enfrentarse a sus emociones”.

Frente al primer modelo, se nos presenta otro que se reivindica más profundo, más verdadero. Disponemos pues de una segunda definición de “arte marcial”: “un programa de inmunización frente a la agresión y su miedo consiguiente”.

No se trata de controlar un movimiento físico, sino “la mente”: “Me da igual lo fuerte que puedas golpear si no puedes controlar tu mente” –para quien lo dice “la mente” es ese mundo emocional cuyo factor fundamental es el miedo a la agresión–. “Lo que controla la mente, controla al cuerpo que acoge al espíritu”, dice. “Si tu mente está presa del miedo, todo tu cuerpo lo está. Si está presa del odio, todo tu cuerpo lo está. Si no te enfrentas a ello, si el maestro no te enseña “la disciplina mental”, el resto del cuerpo no es nada. Si no tienes “una mente fuerte”, todas tus técnicas son un desperdicio, es inútil, no sirve”. Como digo, para Urquidez, “mente” es igual a “emoción”, y la emoción que hay que trabajar, dominar –el suyo también es un programa de control– es el miedo.

El tercero en litigio nos muestra la verdad de los anteriores: “Todo el que se mete en las artes marciales lo hace porque quiere ser más competente, el mejor, el más fuerte”, explica Rorion Gracie. Hasta aquí, los tres estarían de acuerdo, pero ¿qué es “ser el más competente”, qué “ser el mejor” para cada uno? El primero ya lo ha dicho –“ser el mejor karateka”–, el segundo también –“el que mejor domine a la amenaza de un miedo paralizante a que te rompan la cara, eso sí, hay que entrenar fuerte para procurar que el que se sienta amenazado sea el amenazador, porque de verdad tú se la puedes romper a él”–. El tercero es más sutil: “yo lo hago sin dar un solo golpe. Después de evitar que ellos me los den a mí, los tumbo y “los pongo a dormir”. Una luxación por aquí, una presa por allá… hasta que se rinden”. Es otra manera de ser el mejor, no tan burda, qué duda cabe. “No soy el más rápido, pero tengo el ritmo adecuado. No soy más fuerte, pero sé cómo aprovechar la fuerza de mi rival; sé desarrollar lo que mi padre aprendió de los japoneses: el ritmo, la relajación y el equilibrio. Tu peor enemigo está siempre dentro de tu cabeza, en tu imaginación”. Una tercera definición de “arte marcial”.

Antes de continuar, volvemos al uso que todos hacen de las palabras fetiche. Todos ellos se refieren a sutiles asuntos con aroma oriental, y tienen motivos suficientes para nombrarlos pues en sus entrenamientos hay agresión y golpes, o agarres y control, pero su objetivo está claro: ser el mejor. Pero ¿qué es lo que hace que alguien organice toda una vida alrededor de tal meta? No es posible acercarnos a la respuesta de una pregunta así sin volver a preguntarnos por el recurso escaso que comentamos hace muchas páginas (436). La cuestión es que, en estos casos, y como antes apuntaba, “arte marcial”, después del fin del uso hegemónico de las armas blancas en las guerras, y para los que hoy no se sienten empujados a participar en ninguna, se convierte en una práctica deportiva –con todas las connotaciones que a esta práctica hemos asignado en páginas anteriores (437)–. Una práctica que puede ser diseñada adaptándose a la variedad de necesidades de cada uno de sus impulsores. Cada estilo o modalidad obedece a una demanda particular, se ajusta a una manera de correr tras ese fin, y es una estupidez que considere al otro como “menos auténtico”, simplemente porque los otros no han diseñado su trabajo de acuerdo con las necesidades propias. En realidad, no hablamos más que de formas particulares de deporte, que para sus promotores tienen un valor añadido pues juegan con la agresión y su potencial explícito –“no con esa tontería de darle a una pelota”, parecen decirnos–.

Están, por fin, los fascinados por la innumerable cantidad de técnicas de lucha: “El objetivo es dominarlo todo”, dice Yorinaga Nakamura, creador del shootwrestling y admirador de Bruce Lee.

“Es una versión deportiva y reglamentada de la pelea callejera, porque si no hay reglas, llegan las lesiones, y con lesiones, no puedes entrenar, por eso tiene que haber un reglamento”. Esto es postular por el club de los fantasmas: “pelea callejera con reglamento”. “¡Ah, y me encantaría que lo hicieran olímpico!”.

 

102. Autodefensa policial y militar

Percibimos un claro cambio de tono cuando escuchamos a los que están en contacto con la función que actualmente ha sido asignada a las técnicas de autodefensa o de control de la violencia social por parte de los grupos profesionales o de élite entrenados a tal fin, policías o militares.

Frente a los que hemos presentado hasta ahora, ellos –que no se definen con las palabras fetiche– reclaman lo práctico: “El sudor ahorra mucha sangre. Extremar el realismo al máximo. Nada que ver con un atleta que entrena a diario o compite al máximo nivel. Sencillez y eficacia. No se trata de ganar, sino de aplacar la violencia mientras se trata de salvar la vida. Hay unas pocas variables que hay que dominar”, son las frases que repiten.

Mike Yong, un experto policial, lo tiene claro: “Las “artes marciales” te ayudan a mantener la mente firme. El hecho de llevar un arma no es ninguna garantía de que el enfrentamiento esté dominado. Buscamos un tipo de lucha rápida y directa. ¿En cuántas peleas con cuchillo has estado?, es la pregunta que yo formulo a muchos que se creen los mejores por haber hecho lo que les han dicho”.

Entre los que trabajan sistemas de defensa personal con un alto grado de realismo y contacto con las explosiones de violencia social, hay sin duda claras aplicaciones de los principios de economía de movimiento y respuesta unificada que han sido la base de las técnicas guerreras tradicionales. Y sus sistemas de entrenamiento pueden resultar muy útiles –mucho más que los deportivos– si queremos saber algo del contacto marcial. Otra cuestión son los idearios que puedan subyacer en estas academias, o los precios que sus estructuras, tendentes al militarismo, obliguen a pagar a sus miembros.

Merece citar en este punto algunas afirmaciones de K. R. Kernspecht, máximo representante de una de las prestigiosas organizaciones (438) que se han extendido en los últimos años poniendo a prueba su eficacia en la lucha: “En el Wing Tsun no se trata de conocimientos académicos sino de experiencia intuitiva para alcanzar el poder. Tal poder se mide lógicamente por su grado de eficacia, su posibilidad de vencer en un combate real, y para ello han de excluirse todo el resto de consideraciones. Situarnos aquí implica que debemos explotar los recursos más primitivos que nos restan de nuestra naturaleza animal, dejando en un segundo plano los recursos más relacionados con el desarrollo visual-cortical, y ubicarnos en las respuestas táctiles, mucho más rápidas, automatizables e inconscientes, asociadas al cerebro reptiliano.

En su libro Del combate (439), menciona y desarrolla algunas de estas condiciones necesarias para maximizar la eficacia en una pelea:

  • La entrada en acción debe descartar todo elemento premeditado y previsible. Citando a Bruce Lee, “ningún pensamiento desperdiciado en meditación, respiración, energía y Qi”.

  • La exclusión de cualquier elemento emocional que interfiera en la acción: “La mayoría se deja llevar por el pánico y realiza la primera, pero no la mejor defensa que le viene a la mente”. Con ello uno debe ser capaz de comenzar y terminar en el mínimo tiempo: “La única garantía para la victoria final, una vez conectado un golpe, es efectuar ataques sucesivos hasta que el adversario caiga al suelo”. O “si deseas vencer, tienes que abalanzarte inmediatamente sobre el contrario, pegarte a él y conectar golpes una y otra vez sin que él te alcance”.

  • Cuanto menor sea el abanico de técnicas a utilizar, mayores serán las posibilidades de éxito: “Cuantas más técnicas existan para la elección, mayor será la confusión en un caso real. En fracciones de segundo debe decidirse por la solución. Cada proceso de decisión requiere también un tiempo, en este caso un tiempo precioso. Cuantas menos decisiones tengas que adoptar en el combate, mejor, más rápidamente podrás reaccionar... El mejor sistema de defensa personal es el que permite contrarrestar el mayor número posible de ataques con el menor número posible de movimientos”.

  • Esto implica, como decíamos, la primacía del desarrollo de la sensibilidad táctil frente a la estrategia o los recursos visuales. “Nuestro lema es: si tu ataque choca contra un obstáculo, no retires el brazo, pégate a él” o, de nuevo en palabras de Lee, “mi técnica es la técnica del adversario”, es decir, aprender a ceder frente a la fuerza, para vencer con la máxima economía de recursos.

Podemos deducir que cuando uno entra en una situación de lucha real debe realizar una verdadera regresión a un estado pre-personal, un estado que tampoco tiene que ver con el de un animal en liza con otro de su propia especie –donde se establecen los mecanismos que inhiben la destructividad, y se restablece una jerarquización natural, provechosa para la especie–, sino con el de un animal con su presa.

Dejando ahora de lado asuntos técnicos o histórico-políticos, la cuestión que se plantea en este nivel ante las personas que se sienten fuertemente atraídas hacia estas prácticas, al margen de que sean o no miembros de “fuerzas de orden” sería otra vez, ¿de dónde surge su fascinación por la lucha?

Está la sobrecarga agresiva, un componente de toda patología y, por tanto, de la condición humana que debemos considerar “normal”. Una sobrecarga que se percibe como una sobrepresión constante que apenas alcanza a descargarse satisfactoriamente ni a través de otras actividades físicas –trabajo, deporte, intercambio sexual, etc.–, ni en la sublimación de actividades de tipo intelectual o artístico. Pero no creo que ésta sea razón suficiente para tal fascinación.

Entre otras “aportaciones”, la lucha ofrece una posibilidad de regresar a un estado donde, además de la sobrepresión relativamente liberada, incluso a cargo de cierto daño físico –muchos de los sistemas de entrenamiento incluyen una deliberada dosis de tal daño que estimula un concepto patológico de superación–, es posible incorporarse a jerarquías más o menos imaginarias o reales, como elementos de compensación por los altos precios de sacrificio.

Para comprender estos impulsos regresivos no debemos olvidarnos de la necesidad o el deseo de simplificación de la complejidad de las relaciones humanas a los que hemos hecho alusión en repetidas ocasiones. Aquí, el estadio que representa el mundo animal con sus periódicas luchas territoriales o de celo, alimentan la añoranza por un mundo humano “no pervertido” por la complejidad de sus redes de poder. La ritualización de tales luchas simplificadas a unas normas comprensibles que representan los espectáculos deportivos entra dentro de ese sueño que desdeña la complejidad de nuestro psiquismo. Quien da un paso más y no puede menos que ser actor directo de tales combates –y no los que se dirimen con un balón y en equipo sino con las manos y en un “cuerpo a cuerpo”– se encuentra sin duda en un lugar especial.

No debemos olvidar por último, y fuera ya de cualquier connotación sospechosa de patología, que la represión social de toda expresión de agresividad física, o incluso de cualquier contacto corporal que no esté estrictamente establecido en los códigos sociales, otorga a estas prácticas la posibilidad de crear un marco donde el tabú del contacto y de la agresión se relajen y uno disfrute de su carga sensual y de intercambio (440).

 

103. Marcialidad e iniciación

Volviendo a los protagonistas del reportaje que estamos comentando, es evidente que el grupo de expertos o maestros que se nos muestran en su tercera parte no puede ser incluido en ninguno de los dos anteriores. Todos ellos son extremo-orientales, fundamentalmente japoneses, y nos son mostrados como el otro desarrollo del fenómeno que he descrito al hablar del nacimiento del Judo. Lejos de toda pretensión deportiva, lo que aquí se impone es el carácter de iniciación (441), de disciplina de formación y fortalecimiento internos, imbuidos de una intensa carga meditativa y ritual: “Uno no puede considerarse plenamente formado si únicamente se alegra por haber derrotado a su adversario” (M. Takiguchi) o “El criterio de victoria o de juicio se establece en el interior, no en el exterior” (Kenji Tokitsu).

Pero hay al menos una cuestión que me gustaría señalar en este punto, alrededor de esa imponente presencia que emanan los expertos de kendo. Sobre todo –como en el reportaje– cuando se suma a su experiencia de fortalecimiento de varios años en el “corredor de la muerte” en la segunda guerra mundial. Se refiere al propio bushido –la “vía del samurái”, imbuida de rasgos de trascendencia que se han transmitido también a través de otras disciplinas y, en particular, del budismo zen:

“Para un samurái, la mera técnica no bastaba para convertirle en maestro de su arte; tenía que sumergirse en sus aspectos existenciales, algo que sólo conseguiría cuando alcanzara un estado mental conocido como mushin –sin mente–, o munen –sin pensamiento–. Si lo lograba, se decía entonces que el samurái tenía shin, o espíritu, de manera que la técnica fluiría de su cuerpo independientemente de su mente” (442).

Dejando a un lado los aspectos mistificadores evidentes en una cultura tan peculiar como la japonesa, que tiende a dotar de una dignidad muy cuestionable a una casta guerrera –tan implacable para conseguir y mantener su poder como cualquier otra, si no más–, es necesario considerar una vez más esa fascinación por la muerte, y su traducción en términos “iniciáticos” tanto budistas como guerreros (443):

“Un documento conocido como Hagakure –literalmente, Oculto bajo las hojas– haría hincapié en el hecho de que el samurái estuviera dispuesto a dar su vida en cualquier momento y declararía que ninguna gran obra se había logrado “sin volverse loco”, esto es, sin penetrar el nivel corriente de conciencia para soltar los poderes ocultos que yacían debajo. Durante la década de 1930 se habló mucho del Hagakure en relación con las operaciones militares japonesas en China. “El samurái no sirve para nada a menos que pueda ir más allá de la vida y la muerte”, dice uno de sus artículos. “Uno debería esperar la muerte a diario, de forma que, cuando llegue el momento, pueda morir en paz. La calamidad, cuando acaece, no resulta tan atroz como se temía. Es una estupidez atormentarse de antemano con vagas suposiciones… muere cada mañana en tu mente y entonces no temerás la muerte. Una vez logrado eso, una vez que se alcanza el vacío del pensamiento, entonces uno es capaz de llevar a cabo grandes hazañas…”. Tal como comenta Daisetz Suzuki, “la afirmación zen de que hay que ocuparse de ese problema [de vencer a la muerte] sin recurrir ni al aprendizaje ni a la instrucción moral o al ritualismo, debe de haber supuesto una gran atracción para la mente del samurái, comparativamente poco sofisticada. Existía una clase de relación lógica entre su actitud psicológica y las enseñanzas directas y prácticas del zen”. En este sentido, “el zen era la religión perfecta para el samurái” (444).

La muerte planeando siempre alrededor de todo lo que tenga que ver con la marcialidad. Y ese paso que se pretende, lo mismo en la práctica de la meditación budista que en los entrenamientos no deportivos de las artes marciales japonesas con categoría de do, de “vía”: “En nuestro caso, se combate exactamente igual que en un combate real”, dice M. Takiguchi en su intervención en el reportaje, soportando ahí el valor iniciático de la práctica, su profunda diferencia con respecto a cualquier otro entrenamiento deportivo o de adiestramiento para la lucha. Pero ese valor añadido de realidad –de “presencia de muerte”– es simplemente imposible, y no hay ritual que recree las condiciones de su irrupción Real (o simplemente, estaríamos hablando de situaciones que nada tienen que ver con un aprendizaje de habilidades, sean éstas físicas o psíquicas).

Por eso los expertos policiales tienen razón al buscar la máxima economía y realismo en su preparación y al reconocer, al mismo tiempo, que nada puede garantizar completamente el éxito en una situación de enfrentamiento real. El salto que damos cuando proclamamos que estamos dispuestos a vivir cada enfrentamiento, cada gesto en un entrenamiento como si fuese único o último es simplemente ilusorio. Todo cambia o cambiaría esencial y sustancialmente si fuera así. Y reconocer tal imposibilidad es la primera condición para explorar en el verdadero potencial de un entrenamiento de contacto marcial, en los términos en los que tenemos acceso a él, lo mismo que en sus límites (445).

En caso contrario, las consecuencias serán tan ilusorias como peligrosas, como de hecho lo han sido cuando desde la retórica del “vacío anterior y posterior a cualquier manifestación” se puede llegar a justificar una masacre o a construir discursos de falsa trascendencia. Pero éste es un tema suficientemente complejo como para exigir un tratamiento aparte (446). Pasemos ahora a delinear desde el interior las consecuencias que se derivan de estas consideraciones en las condiciones de un entrenamiento de contacto marcial, en forma de criterios prácticos.

 


NOTAS

(425) Bernardo Atxaga. Horas extras. Alianza, 1997.

(426) Dirigida por Jim Sheridan. 1998.

(427) La fascinación que un deporte que enfrenta a dos equipos, como en el caso del fútbol, provoca en toda sociedad del espectáculo habla de la plasmación colectiva del mismo fenómeno. Por identificación, nos unimos a alguien que sólo tiene dos opciones: perder o ganar. La complejidad de las relaciones familiares, sociales, económicas o políticas se simplifica por un momento, y la tensión que lleva pareja, se relaja.

(428) El tema VI del área 1 desarrolla esta cuestión y, en particular, sus capítulos 18, 19 y 20 (pág. 80 ss.).

(429) Robert Bly. Iron John. Ed. Gaia, 1994. Wilhelm Reich explica así este proceso: “El endurecimiento del yo tiene lugar esencialmente a base de tres procesos: 1. Identificación con la realidad frustrante, en especial con la persona principal que representa a esta realidad. Este proceso da a la coraza sus contenidos significativos... 2. La agresión movilizada contra la persona frustrante que produjo angustia, se vuelve contra el propio sujeto. Este proceso inmoviliza la mayor parte de las energías agresivas, las bloquea y las aleja de la expresión motriz, creando así el aspecto inhibitorio del carácter...”, etc. Análisis del carácter, 1930. Ed. Paidós, 1995.

(430) Wilhelm Reich, op. cit.

(431) Tema XVII. Las leyes de traducción cuerpo-emoción-mente (pág. 249 ss.).

(432) ¿Será necesario insistir que todo trabajo marcial “serio” gravita siempre alrededor del poder? Las complejas relaciones de poder que se manifiestan en toda comunidad humana –y que tantas veces vivimos como pervertidas e intratables– se desplazan en la lucha física a un espacio infinitamente más simple, donde los luchadores actualizan con frecuencia los códigos que fuera de tal marco les resultan de comprender y gestionar.

(433) “La esencia de la valía de un samurái residía en su maestría en el manejo de la espada. La espada no era tan sólo un arma sino un vehículo de seishin tanrem, una forja espiritual que permitía al usuario borrar toda mácula moral y lograr el satori, la perfección espiritual… La espada, “firme, afilada y de rápida contundencia”, se consideraba el receptáculo de “los verdaderos orígenes de toda sabiduría” (Richard Cohen, op. cit.).

(434) El libro de Richard Cohen que venimos mencionando, retrata bien estos procesos: “La espada se hallaba en el corazón mismo del código medieval del honor. Se le atribuía un poder intrínseco y una nobleza auténtica; no debía desenvainarse sin motivo. Su punta jamás podía tocar el suelo. Antes de un combate, el caballero besaba la cruz de su espada, que con frecuencia contenía reliquias, de forma que el gesto caballeresco se convertía en acto religioso. Las espadas se asociaban con la inteligencia, al contrario que lanzas, flechas y hachas, que eran las armas del soldado de infantería… Hasta Martín Lutero recomendaría la esgrima (junto a las justas y la lucha) para potenciar la buena salud, y Descartes fue autor de un tratado de la misma”. Richard Cohen, 2002, Blandir la espada. Ed. Destino, 2003. Nuevamente, las historias del Este y el Oeste corrieron paralelas.

(435) Françoise Marie y Emanuel Carlot, 1999. Emitido al menos por cadenas públicas de televisión francesa, alemana y española.

(436) Las cuestiones tratadas en el tema VI Cuerpo e identidad del área 1. En particular la nota 68 de la página 83.

(437) Ver VII. Deporte, pág. 89 ss.

(438) El Wing Tsun transmitido por Leung Ting, uno de los alumnos de la última época de Yip Man (1898-1972).

(439) Keith Ronald Kernspecht. OEWT, 1996.

(440) La notable novela –y posterior película– El club de la lucha de Check Palahniuk (1996) construye una ficción donde estas cuestiones están en el centro. Al hilo de lo que hemos tratado capítulos atrás, es notoria la consideración de su autor unos años después: “… desde el 11 de septiembre [de 2001] siento que no puedo presentar en las novelas al tipo de personajes salvajes que suelo tratar, hoy serían considerados terroristas… ni el libro ni la película podrían realizarse hoy” (entrevista concedida a Andrea Aguilar en el diario El País en 2008).

(441) Iniciación es pasaje, tránsito de una realidad a otra. A qué realidades nos referimos y en qué condiciones puede producirse tan pasaje será tratado más adelante.

(442) Richard Cohen, op. cit.

(443) Es habitual en algunos de los que buscan el carácter iniciático en las “artes marciales” o en otras prácticas de origen antiguo o “tradicional”, hacer una lectura de la Historia en términos de degradación. Para ellos, de un tiempo inmemorial donde “lo sagrado” dirigía las conciencias y, en particular, a los dirigentes de tales “sociedades tradicionales”, asistimos a un proceso de descomposición donde ese carácter sagrado ha dejado de ser el norte. Se entiende así que las sociedades estaban clara y rígidamente organizadas según “jerarquías de iniciación” (su modelo es la sociedad brahmánica hindú donde cada casta tiene su quehacer y destino establecidos). En ellas, cada “oficio” tenía sus maestros que, a través de las técnicas y rituales altamente simbólicos propios de su clase, permitían la realización espiritual de sus miembros –a través de la iniciación de maestro a discípulo–. Lo mismo ocurriría en las castas guerreras, que ocupaban un lugar inferior a las sacerdotales, y su acceso a lo más alto de la jerarquía social en detrimento de éstos, sería una muestra más de la degradación. Leyendo en estos términos la historia del Japón, “ya en el siglo VII se observan signos claros de pérdida tradicional cuando se empiezan a utilizar en funciones guerreras individuos pertenecientes a otras castas inferiores (agricultores sobre todo), y es un hecho evidente en 1543, al introducir los occidentales el uso de armas de fuego… Roto el orden natural de las cosas, la inestabilidad comienza a ganar terreno [en el período de 1157 a 1600] con velocidad creciente, abriéndose un período de continuada guerra civil. La casta guerrera degenera con rapidez y cada vez hay menos individuos cualificados para recibir la iniciación, de modo que ésta se va cerrando progresivamente con la consiguiente exteriorización del arte marcial. Extenuado el país, [en 1600-1867] entra en un nuevo período de estabilidad gobernado por severas leyes. El arte marcial se moraliza, perdiendo de vista el conocimiento que constituye su núcleo esencial” (Alexis Atman, Los peligros de las artes marciales, Letra y Espíritu, n.º 2, 1998). Las cursivas son mías.

El valor iniciático (o “tradicional” o genuinamente “espiritual”) de las prácticas se expresa en su alto contenido simbólico y ritual soportado en una “sólida formación teórica en todos los campos de la ciencia tradicional (música, matemáticas, astrología, retórica, política, etc.) orientadas al conocimiento metafísico” y en la transmisión directa dentro del propio linaje. Según Atman, las artes marciales se dividen hoy en “solidificadas” (“los aspectos rituales han sido alterados en sus partes esenciales por lo que han dejado de ser tales y no tienen ninguna influencia”), “latentes” (“los ritos no han degenerado o bien se han rescatado de modo que hay allí una influencia psíquica presente”) y “espiritualistas” (“se practican una serie de técnicas psíquicas con el objetivo de alcanzar un supuesto desarrollo espiritual”) que serían “las más peligrosas”.

(444) Richard Cohen, op. cit.

(445) No pretendo con esto asegurar que sea imposible intensificar hasta tal punto la implicación en una práctica que la vivencia de superación de límites que se pueda producir haya tratado de ser explicada en términos de “combate real” donde “la presencia de la muerte” se desplaza a un terreno simbólico, pero no por ello menos operativo.

(446) Será tratado en el área 4 del siguiente volumen.

 

  tema XXII capítulo 104

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