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XVII. Las leyes de traducción cuerpo-emoción-mente

 

78. Lugares comunes y represión
79. Niveles superiores, sabotaje y sublimación

 

78. Lugares comunes y represión

Mencionar la tríada cuerpo/emoción/mente es lugar común en todo enfoque que pretenda ir más allá de la adquisición de una mera destreza corporal. Y como todo lugar común, no está a salvo de colocarse automáticamente bajo sospecha: si andar en bici, esquiar o correr son actividades físicas con un sentido en sí mismas, que cumplen con la utilidad que les es propia –el desplazamiento en determinadas condiciones–, y en las que el ser humano puede llegar a encontrar el placer del movimiento ligado a la pura sensación –además del logro de su objetivo, el desplazamiento–, ¿no resulta sospechoso que alguien pretenda alterar o deslizar ese sentido que les es propio a otros terrenos que se insinúan en formulaciones como el tao de la motocicleta, el esquiador centrado o el zen del correr  (320)? Esta circunstancia, propia de aquellos que hemos perdido el contacto con la actividad física ligada al trabajo, pretende otorgar un plus a un quehacer cuando casi siempre encierra un minus. Este plus se califica habitualmente de terapéutico, cuando no de estético o trascendental (el arte del tai chi chuan, el zen del tiro con arco, etc.), con explicaciones cogidas por los pelos sobre “el alma de artista que todos albergamos” o el intento de “fundir sujeto y objeto en la acción desinteresada” –el engolamiento termina completándose con la incorporación de algún término exótico como “karma yoga” o “wu wei”–.

Pero es realmente complicado que el minus no salte a la vista: la alienación corporal a la que vivimos sometidos que convierte actividades naturales en esforzados y tortuosos aprendizajes de los que casi siempre hemos de retirarnos no sólo frustrados sino con la sensación de haber sido engañados o timados por algún espabilado.

Obviamente, hablar desde el interior de una práctica como el tai chi chuan que entra de lleno en este tipo de formulaciones, me sitúa automáticamente dentro de ese territorio bajo sospecha y, en el mejor de los casos, en una deliberada ambigüedad desde la que trato de delimitar espacios útiles. ¿Cómo continuar con “aplicaciones terapéuticas”; con “ir más allá del cuerpo”; con “cuerpo-emoción-y-mente” sin enfangarse de lleno en estas arenas movedizas?

No deja de ser significativo que son actividades físicas las que, convertidas en “trabajo corporal”, se prestan en primer lugar a estos deslizamientos. Sería arduo justificar que nos esforzamos y cansamos en un castigo autoimpuesto sin buscar alguna explicación añadida (aunque también es cierto que la presión de los entes administrativos para que cuidemos de nosotros mismos con un estilo de vida saludable hacen de estas tareas algo que cada vez cuestionamos menos). Tareas que se realizan en ámbitos intelectuales, afectivos o de relación no se prestan tanto a este tipo de maniobras por la simple razón de que nos entregarnos a ellas mucho más digna o plácidamente.

Ya me he referido al reconocimiento de la autonomía de los ámbitos emocionales como una consideración que revoluciona el estatus dual del ser humano como cuerpo y alma, soma y psique. Esta dualidad es la que ha determinado la gestión de nuestros asuntos hasta el día de hoy, condicionando todo proyecto propiamente humano en cualquier civilización a la doma de los impulsos ligados al cuerpo y la sublimación de los instintos.

He apuntado también que este reconocimiento asociado al descubrimiento del inconsciente está muy lejos de ser operativo, aunque se presienta en su carácter amenazante. Y como ocurre con las amenazas que no pueden conjurarse fácilmente, nos disponemos a frivolizarlas, a descargarlas de profundidad, como intento desesperado –y casi siempre también inconsciente– de desactivar la amenaza.

Resumiendo, que cuando mencionamos la importancia de los sentimientos, nos deslizamos habitualmente al terreno del sentimentalismo en busca de coartadas para nuestra debilidad moral procurando eludir la responsabilidad de nuestras acciones (321). Que cuando hablamos del cultivo de la mente, nos referimos quizá a los genios de las ciencias y las artes, a los potenciales que deben residir en los espacios abismales de nuestro cerebro o quizá, a ciertos poderes extrasensoriales, y muy poco al acto de conciencia que implica el uso de la palabra, a la servidumbre a que nos encontramos sometidos por nuestra casi absoluta falta de disciplina mental que nos hace víctimas tanto de su propio desvarío como de la saturación verbal que colectivamente nos inunda. El analfabetismo funcional endémico de las sociedades opulentas en las que vivimos es algo que, por lo visto, no nos incumbe (y tampoco a los vendedores de panaceas de integración y elixires de inmortalidad a los que ya he hecho alguna mención, y con los que será inevitable seguir tratando en este texto).

¿Qué significa entonces en un “enfoque energético”, elegir la disyuntiva de utilizar el plus de energía para abrirnos a otros niveles sin una pretensión de control? En primer lugar, traducir lo sensitivo –frío, calor, pesadez, ligereza, saturación, vacío, tensión, corte o conexión– en términos emocionales, que es otra manera de decir en términos humanos.

Quiero decir que todo lo humano, incluido el cuerpo y sus sensaciones, está atravesado, imbuido e investido por lo que le liga a sus semejantes. Su cuerpo es receptáculo, expresión y vehículo de esta cualidad emocional. Comprender esta dimensión es el primer paso para comprender la relación entre cuerpo y mente (que aquí significa cuerpo y emoción), cuestión central del arte de vivir. Por supuesto, éste sería el primer paso y la condición para que cualquier trabajo corporal no caiga en desarrollos patológicas o simplemente ridículos (algo de esto hemos mencionado al hablar del deporte en las sociedades contemporáneas).

Ir comprendiendo esta vinculación entre cuerpo y emoción es la primera recompensa –y no la menor– que recibe cualquiera que se propone no reducirse a un entrenamiento corporal por muy sofisticado y bien diseñado que esté, o por muy avalado por tradiciones y maestros. Y aquí hay que señalar que la consideración de las disciplinas orientales como más integrales en cuanto que incorporan la presencia y el entrenamiento corporal en sus dimensiones más sutiles o trascendentes puede ser, y de hecho resulta, su principal raíz de confusión y engaño cuando, como es nuestro caso, la transmisión no se realiza ya más que en contadas y excepcionales ocasiones desde una fuente directa (322). Que en el zen se afirme que “la iluminación es la postura” –zazen–, o que uno se vea sometido a años de exigente entrenamiento corporal en cualquier yoga o disciplina marcial “interna” no sólo debería ser entendido como que están diseñadas desde una visión unificada del ser humano donde el cuerpo de ninguna manera pueda ausentarse. También quiere decir que podemos pasarnos todos esos años de disciplina sin avanzar un solo paso porque no hemos comprendido la ley que rige los ámbitos a los que me estoy refiriendo. Y no pretendo afirmar con ello que haga falta ser un experto en psicología de las profundidades para comprenderlo. La obstinación o la confusión en la que uno puede caer están insinuadas o descritas en las guías de tales tradiciones.

Estoy hablando ya de la primera de las leyes que rige un nivel fundamental e inferior (el cuerpo) con respecto a otro superior (el ámbito emocional). Y me gustaría subrayar esta condición jerárquica como primera e imprescindible consideración. Ya he mencionado anteriormente el estribillo que suena en casi todas las canciones de disciplinas cuerpomente en boca de cualquier profesor de taichi: “se dice que el plano físico no es el más importante pero es la base… creo que desde todos los planos se puede llegar a la misma profundidad”. Una incongruencia absoluta porque lo que cualifica a cada plano es precisamente que tiene distinta profundidad y por tanto, porque cada plano está englobado por el ámbito jerárquicamente superior, y se encuentra sometido a las leyes que rigen tal relación. La constatación de que el cuerpo humano tiene una complejidad a la que estamos muy lejos de acceder en su comprensión suele llevar al malentendido de que el nivel corporal es “profundo”. Es complejo, pero su profundidad es relativa y sólo calificable en relación a otros niveles (la propia palabra “nivel” se refiere implícitamente a una jerarquía), y su grado de complejidad es irrelevante en esta consideración (simplemente explica que está sometido a complejas relaciones en su propio ámbito y con el resto de ámbitos, dentro y fuera de sí) (323).

¿Hay que explicar que el ámbito emocional domina al físico ya en los mamíferos superiores cuando están sometidos a relaciones humanas? (324) ¿Hay que explicar que la historia personal de cada uno de nosotros es la historia de la adaptación de las pulsiones físicas a los imperativos emocionales hasta el punto en que muchos expertos eluden la palabra instinto al hablar de las mismas en el caso de los humanos? Si volvemos a considerar que nuestra estructuración psíquica se va produciendo en un grado de extrema vulnerabilidad y dependencia también físicas (a diferencia del resto de mamíferos, somos fetos extrauterinos durante el primer año de vida, sin la mínima autonomía necesaria para valernos de nuestro cuerpo para acceder a satisfacer el hambre, y necesitamos más de diez años de vida para madurar sexualmente), no es complicado comprender que este arduo proceso ha alterado sustancialmente al hombre, que se resiente de cualquier intento de comparación del mismo con el resto de los mamíferos.

Llamo represión a esta ley que rige la relación de lo superior (el ámbito emocional) con lo inferior (el cuerpo).

 

79. Niveles superiores, sabotaje y sublimación

Lo que decimos de lo emocional con respecto al cuerpo vale para la relación entre la mente y el ámbito emocional: ¿no decimos que alguien puede matar y morir por una idea?, ¿cómo es posible considerar que cuerpo y mente se hallan en el mismo nivel cuando la mente es capaz de destruir al cuerpo, en lugar de tratar de que sobreviva y se reproduzca todo lo posible? Que la mente puede y de hecho reprime a los sentimientos y al cuerpo para imponer su decisión consciente –y tanto o más cuando es inconsciente– es una premisa para cualquier intento de descripción –no ya de explicación– de la historia del género humano. Y si esto es así, la pregunta que salta inevitablemente es ¿cómo es posible que personas inteligentes –aunque quizá no muchas entre ellas, o no lo suficiente– puedan proclamar o sostener ideologías que ignoran y contradicen lo que estoy explicando en los párrafos anteriores?

Utilizo deliberadamente el término “ideología” porque ésta es la connotación adecuada a tales proposiciones, y sólo desde una posición ideológica encuentran explicación: un intento de ocultar con ideas más o menos articuladas –ellas pueden y consiguen hacerlo pues pertenecen al nivel superior de la mente– objetivos o satisfacciones de ámbito emocional; desde las posiciones más narcisistas a la defensa de un patrimonio familiar o de clase, desde la negación irracional de la dignidad del otro hasta la justificación del asesinato (325).

Cuando hablamos en este tono, parece que nos referimos a los grandes sustentadores del poder, a los antiguos y nuevos emperadores y señores de la guerra, a los magnates de las finanzas o a alguna suerte de fanático terrorista. Es así, pero lo mismo ocurre en ámbitos domésticos y locales, en nuestras pequeñas guerras justificadas con pequeñas o grandes ideas: nos aferramos a “dignas” consideraciones que procuramos ver reafirmadas en el grupo del que nos sentimos formar parte (la afirmación en la pertenencia es el puntal de este mecanismo –“no estoy solo, los míos piensan como yo”, nos decimos–, aunque no hacemos ascos de interpretar a nuestro capricho la opiniones de unos u otros según la circunstancia).

Que, como en estos casos, el ámbito emocional contamina la mente y ciega nuestra capacidad de discernimiento, se explica por la segunda de las leyes que rigen la relación de los tres niveles, a la que llamo ley de sabotaje: el cuerpo debe someterse a la autoridad de la emoción, y la emoción a la autoridad de la mente, pero el cuerpo se rebelará contra una tiranía injusta, lo mismo que el plano emocional. Los síntomas corporales –las somatizaciones– expresan esta rebelión (326). El malestar emocional que contamina nuestra condición humana e impide o hace tan arduo el más mínimo avance en la realización de los proyectos de dignificación (no hablemos ya de creatividad, arte o espiritualidad) del género humano puede explicarse, en buena medida, por esta rebelión, cuyos mecanismos son fundamentalmente inconscientes.

Quien no afine en la percepción de estos procesos confundirá los achaques con los síntomas, la sensibilidad emocional con el sentimentalismo y la solidez del pensamiento con la tiranía de la mente. Sólo por hablar de lo más evidente. Es cierto también que muchos seres humanos han confundido, por imperativos de supervivencia quizá, muchas de las señales de la rebelión de lo inferior con condiciones que han achacado al destino (327).

En la disyuntiva que se abre en todo “trabajo con la energía”, es esta comprensión fundamental la que convierte a la opción por la apertura, en la única que realmente puede ser calificada de saludable con cierta profundidad. Lógicamente, esto choca con los que alardean de los beneficios terapéuticos de este o aquél ejercicio, éste o aquél “sistema” (328). Pero ¿hablamos de contribuir a aliviar ciertos síntomas –tarea obviamente legítima–, o reducimos a ello el potencial terapéutico del taichi? Porque aquí reside la clave de la cuestión. No pretendo que un enfoque profundo no tenga efectos de alivio –que los tiene a veces–, pero ¿qué ocurrirá cuando un mejor nivel de contacto consigo mismo –y esta es la primera consecuencia de una práctica corporal no reduccionista o diseñada “energéticamente”– haga aflorar nuevos dolores o malestares?, ¿para cuándo dejaremos la reflexión sobre la función del dolor como indicador de una desarmonía que nos resistimos a encarar por sus diversas implicaciones subjetivas o colectivas?

Es tal la avalancha de mensajes en el sentido de negar cualquier contacto profundo, que hablar en estos términos no sólo puede resultar embarazoso. Parece que uno estuviera a favor del sufrimiento gratuito y por el mantenimiento de las penalidades humanas. Sin embargo, no veo la manera de hacer compatible el aliento a las salidas fáciles –y a los buenos negocios de los que sepan comerciar con ellas–, y el mantenimiento del rigor más elemental en una reflexión sobre la salud y la enfermedad, el cuerpo y la mente, o el sentido de prácticas como el taichi o el qi gong. Y no la veo porque ambas se dirigen en sentidos opuestos. Vuelvo a repetir algo tan simple como difícil de comprender y aplicar: dejando de lado la pretensión de control (control del dolor, de la incomodidad o del malestar fundamental provocado por nuestra condición de débiles mortales que genera todo tipo de fantasías compensatorias de poder o excelencia iluminada), la verdadera aportación terapéutica de un enfoque energético consiste en la posibilidad de un reencuentro con sentimientos profundamente encerrados en nuestra estructura energética (que es ante todo la unidad funcional de lo físico y lo emocional). El cuerpo en sus sensaciones y síntomas recoge en primer lugar nuestra memoria emocional. Sin una traducción de esas señales, la ley de sabotaje impedirá cualquier tarea saludable en el desarrollo de las potencialidades humanas: las saboteará literalmente.

Y subrayo “saludable” porque aún existe una tercera ley: la ley de sublimación. Porque los niveles superiores lo son, porque disponen de una autonomía relativa pueden, si son muy poderosos, si nuestro empeño, obcecación, disciplina o aspiración son muy elevados, disociarse de los mensajes o demandas de los niveles superiores, en una constante reafirmación de su excelencia. La cuestión aquí residiría en clarificar la tipología patológica a la que pueden obedecer en cada caso los calificativos que he utilizado –poder, empeño, obcecación, disciplina o aspiración–. Es obvio que podemos lograr vivir en el mundo emocional, y más aún en un ámbito mental o trascendente –aquí el arte y la espiritualidad ocupan lugares notables– que asuman como inevitable su particular incapacidad de integración de lo inferior (desde las demandas físicas a las emocionales). La terca aplicación de la ley de sabotaje se interpretará aquí en términos de “inevitabilidad del destino humano”.

Descartando pues estas salidas trascendentales o aquellas superficiales (taichi-artritis, taichi-diabetes, etc.); descartando entrar en el juego del uso de técnicas concebidas y diseñadas con otras funciones –e insisto, con otro potencial–, la disyuntiva que trato de indicar se refiere a una redefinición del marco terapéutico en el sentido de hacer valer los mensajes del cuerpo y sus dificultades a la hora de explorar sus naturales potenciales, como soporte de una exploración en niveles superiores (que implicarán necesariamente la paz del propio cuerpo, del mundo emocional y de la mente alocada y disparada por el desasosiego provocado por el sabotaje permanente de los niveles inferiores).

He comenzado diciendo de que lo que define y diferencia en primer lugar el trabajo con la energía vital es una sensibilidad. Es esta sensibilidad a las leyes de las que he hablado aquí la que, a veces sutilmente otras no tanto, permite el diseño de una sesión de taichi o qi gong como algo que facilite y no entorpezca esta segunda disyuntiva.

 


NOTAS

(320) Elijo deliberadamente títulos de libros que explican y publicitan propuestas donde las actividades pretenden ser llevadas más allá. Al hilo de lo que venimos tratando, es propio del ser humano desligado de quehaceres físicos la transformación y búsqueda de aquellos quehaceres que pertenecieron a sus antepasados o que aún perviven entre guerreros, cazadores o campesinos para convertirlos en artificios que en algunos casos hemos llamado deporte y en otros práctica terapéutica (aquí entran todas las propuestas terapéuticas derivadas de antiguas artes marciales, las centradas en la relación con los mamíferos superiores –delfines, caballos o gatos y perros–, y un largo etc.).

(321) Aunque esta frase lleva implícita una definición del término sentimentalismo –el sentimiento como coartada–, quizá sea necesario abundar algo más en esta cuestión. El sentimentalismo se manifiesta siempre como uso interesado del sentimiento o la emoción, y se recurre a él para justificar actitudes o comportamientos que, desde un plano superior –la distancia que otorga la reflexión o la capacidad moral de colocarse en el lugar del otro– serían mucho más difíciles de justificar. Es propio de la emoción –incluso cuando se llame amor o compasión– un extremado egocentrismo: uno ve el mundo desde el centro de su vivencia emocional e incluso exige del mundo que gravite en torno a esa vivencia. De ahí el sensato consejo de “consultarlo con la almohada” o “dar tiempo” para crear distancia en la exaltación emotiva.

Siempre me ha parecido muy esclarecedora la explicación que Milan Kundera de esta cuestión aplicada a la invasión de Checoslovaquia por parte de las tropas rusas en 1968: “... Lo que me irritaba de Dostoievski era el clima de sus libros; el universo en el que todo se vuelve sentimiento; en otras palabras: en el que se eleva el sentimiento al rango de valor y verdad. Era en el tercer día de la ocupación. Me encontraba en mi coche entre Praga y Budejovice (ciudad donde Camus situó El malentendido). Por las carreteras, los campos, los bosques, por todas partes acampaban soldados de infantería rusos. Detuvieron mi coche. Tres soldados se pusieron a hurgar en él. Una vez terminada la operación, el oficial que la había ordenado me preguntó en ruso: “kak chuvstvuyetyece?, o sea: “¿Cómo se siente? ¿Cuáles son sus sentimientos?”. La pregunta no era ni malintencionada ni irónica. Por el contrario, continuó el oficial: “Todo esto es un gran malentendido. Pero se arreglará. Debe saber que amamos a los checos. ¡Les amamos!”.

El paisaje devastado por miles de tanques, el porvenir del país comprometido durante siglos, los hombres de Estado checos detenidos y secuestrados, ¡y el oficial del ejército de ocupación me suelta una declaración de amor! Compréndanme bien: no quiso expresar un desacuerdo con la invasión, no, en absoluto. Todos hablaban más o menos como él: su actitud no se cimentaba sobre el placer sádico de los violadores, sino sobre otro arquetipo: el del amor herido: ¿Por qué esos checos (¡a los que tanto amamos!) no quieren vivir con nosotros y de la misma forma que nosotros? ¡Qué pena que haya sido necesario recurrir a los tanques para enseñarles lo que es el amor!”. (Extraído de la introducción a su homenaje a Diderot en Jacques y su amo, 1981, Ed. Tusquets 2005).

(322) Qué es o qué puede implicar o garantizar una “fuente directa” será algo que trataremos en apartados posteriores (particularmente en el área 5 del segundo volumen, Transmisión y aprendizaje).

(323) He ejemplificado estas consideraciones en el capítulo 34 (pág. 130 ss.) al tratar del reduccionismo sofisticado.

(324) Todos conocemos la disponibilidad absoluta –emocional– de un perro con respecto a su amo, las historias de los caballos que prefieren morir que oponerse a la decisión de su dueño de seguir galopando –“reventó tres caballos en su viaje”, nos cuentan las historias–, etc.

(325) En los asuntos a que nos referimos, la expresión ideológica característica consiste en presentar nuestras propuestas y sus justificaciones como extremadamente simples y asequibles a cualquier condición. Aquí, como en tantos casos, la ideología surge justamente cuando intentamos evitarla (“nosotros no entramos en asuntos de religión o raza, de clase social, inteligencia, género u orientación sexual, etc.”) con el objetivo disimulado de que nuestras motivaciones queden a salvo de cualquier cuestionamiento. Cuando pretendemos que lo que ofrecemos es “sencillo y asequible”, estamos diciendo en realidad “superficial”, en el sentido que no queremos que nadie vaya más allá de tal superficie, no sea que detrás no haya nada, o que lo que haya no sea tan magnífico. No es todavía el momento de entrar de lleno con el marco o las corrientes en las que se engloban estas posiciones y su particular manera de gestionar su propia carga ideológica (esa “matriz generativa que regula la relación entre lo visible y lo no visible, entre lo imaginable y lo no imaginable, así como los cambios producidos en esta relación” según Zizek). Será el tema que habrá de ser encarado de lleno tras los de este primer volumen, y lo haremos en el primer área del próximo, Una nueva (in)trascendencia.

(326) Las biopatías, enfermedades autoinmunes o el cáncer representan el nivel extremo de este sabotaje: desde la programación celular se produce una rebelión que termina matando al propio cuerpo. Difícilmente podremos vislumbrar verdaderas terapias a tales enfermedades sin comprender esta ley.

(327) Algo de esto será tratado en el área aludida dedicada a la trascendencia.

(328) Es una señal de debilidad y no de fortaleza del tai chi chuan el que haya adquirido su legitimidad social entre nosotros gracias a la consideración de estos “efectos terapéuticos” en la medida en que funciona como parche –y justificación– de la impotencia médica y social para comprender y encarar la enfermedad a pesar de todos los avances tecnológicos. Que se dé un paso más y se propaguen sistemas completos como remedio a males específicos es el paso final que quedaba por dar para reducir su profundo potencial –y ya se ha dado–: “Taichi para mejorar la salud (Europa) representa el programa de Taichi para la salud del Dr. Paul Lam, en Europa (?). El programa ofrece el Taichi del estilo Sun para el entrenamiento de los instructores de Taichi para la artritis y la diabetes y el programa para la certificación. Más de 60.000 personas han aprendido el programa de Taichi para la artritis, entrenados por el Dr. Lam… con la ayuda de 80 videos detallados (¿80?)… Programa: Seminario 1, principios esenciales. Seminario 2, Cuerpo, Emoción y Mente (¡cómo no!), la lectura corporal desde el análisis bioenergético. Seminario 3, La Medicina Tradicional China en la Artritis/Diabetes y la practica del estilo Sun de Taichi como terapia. Seminario 4, Dietética y nutrición, la creación de una buena salud.” (Anuncios de página completa en los números 8, 9, 10 y 11 de Tai Chi Chuan, revista de artes y estilos internos (2006). En un artículo de la misma revista firmado por el Dr. Lam, describe la orientación de tales tratamientos en los siguientes términos: “Artritis… incidimos en la relajación que ayuda a aliviar el dolor y mejorar la calidad de vida… Diabetes… además de la relajación, se estimulan los meridianos pertinentes… Dolor de espalda… fortalecimiento de los músculos estabilizadores profundos, claves para aliviarlo. Osteoporosis… aumento de densidad ósea y equilibrio”. Tai Chi Chuan, revista de artes y estilos internos n.º 9, otoño de 2006.

 

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