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Área 3: Marcialidad y contacto

 

Fotografía del 11 de septiembre

Saltaron hacia abajo desde los pisos en llamas:
uno, dos, todavía unos cuantos
más arriba, más abajo.

La fotografía los mantuvo con vida,
y ahora los conserva
sobre la tierra, hacia la tierra.

Todos siguen siendo un todo
con su rostro individual
y con la sangre escondida.

Hay suficiente tiempo
para que revolotee el cabello
y de los bolsillos caigan
llaves, algunas monedas.
Siguen ahí al alcance del aire,
en el marco de espacios
que justo se acaban de abrir.

Sólo dos cosas puedo hacer por ellos:
Describir ese vuelo
y no decir la última palabra.

Wislawa Szymborska

 

Mirando atrás a los últimos años del pasado siglo, tengo la impresión de que, sobre todo alrededor del final de la Guerra Fría, con la caída del muro de Berlín en 1989, muchos europeos creímos en que se podía “decir la última palabra” sobre la guerra. Y esa palabra, aunque muchos conflictos armados perduraran, era pasado.

Tomábamos parte en una ingenua ensoñación. Un sueño que concebía el fin de los siglos, de los milenios de sangrienta barbarie humana. Enseguida asistimos a una suerte de guerra tribal en nuestro propio territorio: la que atravesó a la antigua Yugoslavia, pero aún esta guerra podía leerse como un último coletazo, como un revulsivo para no bajar del todo la guardia en la “lucha por la paz”.

Pero el nuevo siglo comenzó con la fotografía de Szymborska, y un brusco y desagradable despertar.

De manera que si hablar de la marcialidad y las “artes de combate” podía resultar interesante imaginando el fin de esas eras, no lo resulta tanto –incluso puede ser muy desagradable– en las condiciones actuales: ¿cómo rescatar algo valioso para el ser humano del abismo de la sangre, de la locura de la destrucción planificada y llevada a cabo con la convergencia de los más sofisticados adelantos técnicos y las más frías inteligencias, de la que tales “artes de combate” han sido origen o derivación?

Resulta perfectamente comprensible que todos los que no están atrapados en esa locura de sangre y honor y, en particular, esa mitad de nosotros que son las mujeres, nos veamos sumidos en una profunda desgana o un antiguo cansancio cuando, con una potencia renovada, los tambores de la guerra porfían por ocupar, como es propio de su naturaleza, todo nuestro paisaje sonoro.

Hay una historia de la humanidad que se puede relatar alrededor de su relación con su cuerpo, su materialidad. Algo de la misma ha ocupado los primeros temas de este libro. Otra, muy cercana a ella, la que se puede contar en relación a un aspecto de su realidad corporal: su realidad mortal, la que nos obliga a pensar en enfermedad y salud –la que ha ocupado el área 2–. Y cuando esa cualidad mortal es promovida por el mismo ser humano, llegamos a este tercer relato. Un relato que coloca a la Muerte en el centro de la escena, no sólo para que reconozcamos su inevitable imperio sobre la vida. En este caso acude reclamando pleitesía, capaz de llenar de muerte todo lo vivo, conquistando una y otra vez nuevos territorios, siempre celosa y exigente de nuevos y mejores regalos.

La historia de la guerra, de la forma en que el ser humano –pero esta vez el hombre, el macho (392)– ha ido dando forma a la institución de la muerte violenta que corta el paso a la instauración de cualquier proyecto que implique otro escenario, es de una lectura inevitable. En primer lugar, porque no hay forma de no encontrarse con Ella en cuanto damos un paso o dos en la vida (negarla sería tan estúpido como negar el cuerpo o la enfermedad). Además, porque “marcialidad” no es sino un nombre genérico donde se reúnen todas las características de ese ser humano dispuesto a la guerra o imbuido en ella como en su atmósfera natural. Uno de los aspectos que la práctica sobre la que estamos tratando de pensar pretende actuar.

 


NOTAS

(392) Todo parece indicar que lo femenino en su expresión terrorífica tuvo su tiempo en el paleolítico (ver, en este sentido Cuando el predador tenía rostro de mujer en el notable libro de Bárbara Ehrenreich, 1997, Ritos de sangre. Orígenes e historia de las pasiones de la guerra. Ed. Espasa Calpe, 2000). Pero ésos son tiempos demasiado remotos para nosotros que vivimos inmersos en las eras posteriores, aquellas dominadas por la victoria de los héroes y dioses masculinos sobre la Gran Diosa. Esas eras que conocemos como historia de las civilizaciones o Historia sin más, desde la implantación del Neolítico hace aproximadamente 10.000 años.

 

  excurso 2 tema XXI

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